Homeopatía, memoria del agua y teletransporte del ADN. ¿De verdad?

Crédito: Ron Kroetz (CC BY-ND 2.0)

Cara a las pseudo-ciencias y a la falta de rigor científico que sobresale en el mundo de la investigación biomédica, vamos a examinar dos hechos que fueron presentados como base explicativa y científica de las diluciones homeopáticas. Tal y como hemos explicado en el texto anterior, la historia de Oscillococcus destaca la completa falta de fundamento científico en la homeopatía. La lógica del pato revela un principio fundador muy diferente, que recuerda los viejos debates críticos de los siglos 16 y 17 que llevaron a pensadores franceses como Montaigne o Descartes a presentar los principios de la duda y del método, así como los del “sentido común”, contribuyendo a liberar el conocimiento de las creencias, dogmas y especulaciones arriesgadas erigidas en tantas verdades no verificables bajo la influencia de poderes, fuerza, emociones e ignorancia.

En Francia precisamente, en el año 1988, acababa de defender mi tesis de doctorado basada en experimentos típicos de bioquímica (usando por cierto muchísimas diluciones), cuando un hecho vino a disparar la emoción en el mundo científico. Un renombrado inmunólogo, el Dr. Jacques Benveniste, publicó con su equipo un artículo en la revista Nature que destacaba que las preparaciones de anticuerpos muy diluidas – de tipo homeopático – presentaban una actividad positiva en una prueba biológica. A raíz de estos estudios propuso el concepto de “memoria de agua” argumentando sobre los fenómenos cuánticos, y proponiendo que las moléculas de agua que rodean una sustancia determinada pueden capturan y conservan ondas electromagnéticas emitidas por dicha sustancia después de que se haya diluido hasta el punto de desaparecer. Además, el equipo de Benveniste afirmo haber digitalizado esta señal, almacenando de este modo en un ordenador la actividad biológica de la sustancia de origen. Una red iconoclasta de aficionados, incluyendo científicos, se entusiasmó al penar que por fin la homeopatía tenía una base científica. Al menos eso pensaron.

Científicos y expertos en fenómenos paranormales, incluyendo una comisión de investigaciones movilizada por la revista Nature, revisaron los datos y algunos laboratorios supuestamente capaces de reproducir estos experimentos se pusieron manos a la obra con el fin de tratar de reproducir los resultados de Benveniste (más detalles aquí). Esta investigación fue implacable, pero también denunciada por los defensores de estos resultados como un complot. Por un lado, era imposible reproducir los resultados. Por otro lado, la publicación y la suma de datos obtenidos en este estudio desde el laboratorio de Benveniste dieron lugar a muchas críticas sobre los múltiples sesgos experimentales. Por ejemplo, la omisión de experimentos de control o la discriminación subjetiva “buenos”- “malos” experimentos para eliminar los “malos” sin tenerlos en cuenta.

Muchos argumentos de sentido común también surgieron en diferentes foros para desmontar el aspecto seductor y desconcertante del principio de la memoria del agua. Por ejemplo, si el agua tuviera memoria, tendría que ser invadida por una infinidad de “fantasmas electromagnéticos” provocando un ruido de fondo gigantesco (la pregunta se hizo con delicadeza al poner como ejemplo la continua dilución que experimentan por ejemplo las aguas fecales). También se planteó cómo era posible concebir que una sustancia desaparezca de su entorno acuoso por dilución sin que su emanación cuántica (en el caso de que existiera) no se diluyese también.

Se ha descrito esta historia denunciando su planteamiento pseudo-científico en varios artículos y lo mejor es leerlos, como este ejemplo. Hay de todos modos dos elementos importantes a tener en cuenta. El primero se relaciona con el conflicto de intereses. ¿Quién tenía interés en un concepto como el recuerdo del agua que podría proporcionar una base científica para la homeopatía? Dicho de otra manera: ¿Quién financió este equipo francés además de los fondos públicos? Aquí está la respuesta a ambas preguntas: ¡el laboratorio Boiron, líder mundial de los productos homeopáticos! Sobran los comentarios, ¿verdad? El segundo elemento está relacionado con el ego de los individuos, incluidos los científicos. ¿Quién no ha soñado con convertirse en un héroe rico y famoso? Se trata de un motor interno de gran alcance que puede empujar al fracaso a muchos individuos a priori insospechables, pero que de forma oculta están a la búsqueda del éxito. Pueden llegar a comprometerse con el lado oscuro de la fuerza, convencidos y obsesionados por su sinrazón y su sed de éxito sobresaliente, o su atracción por la figura del martirio.

Hay en este terreno un ejemplo notorio que es el caso de otro científico francés que tomó la antorcha de la memoria del agua. Su nombre es Luc Montagnier y fue galardonado con el Premio Nobel en 2008 por ser uno de los descubridores del VIH. Benveniste falleció en 2004 y es junto a sus colaboradores más próximos con los que Montagnier empiezo hace más de diez años. Expatriado un tiempo a China para dar rienda suelta a su inspiración (muy criticada en su entorno científico occidental), alcanzó el sumum a una edad ya avanzada un año después de la recepción de su premio. Vale la pena ver un video extremamente polarizado que presento en la cadena francesa France 5 sobre la perspectiva unilateral de Montagnier, recordando a su amigo Benveniste como el Galileo de nuestro siglo, también mostrando el teletransporte del ADN con una convicción únicamente basada sobre su prestigio de Premio Nobel. Solo contra el mundo.

Montagnier afirmó haber logrado el teletransporte del ADN después de diluirlo de manera homeopática y de transformarlo en una señal numérica aplicando el método del equipo de Benveniste. ¿Cómo? En primer lugar al convertirlo en una nanoestructura de agua con ondas electromagnéticas (el efecto memoria) presentado como un fenómeno cuántico, en segundo lugar al transformar éste en una señal numérica transportada a través de Internet, y por último, reproduciendo el efecto memoria en el punto de llegada de esa señal. Un artículo liderado por Montagnier al respecto se publicó muy pocos días después de su presentación en una digamos revista un tanto oscura de una editorial no tan oscura. Para cualquier evaluador un poco serio, tanto la redacción como la elaboración del artículo son mediocres. El final de este trabajo relata que una enzima llamada Taq ADN polimerasa, que replica el ADN permitiendo su amplificación mediante PCR (Polymerase Chain Reaction), fue capaz de copiar de novó un ADN idéntico al ADN inicial utilizando la nanoestructura de agua recompuesta desde las ondas teletransportadas en señal numérica. Los autores de esta publicación y sus aficionados no pueden sorprenderse de la ola de rechazo que se originó en la comunidad científica (he aquí algún detalle más).

Cualquier laboratorio del mundo que usa la PCR (y son muchos, virtualmente todos) y cualquier enzimólogo de la ADN polimerasa (es mi caso) saben que, sin una matriz de ADN preexistente en el tubo, la Taq polimerasa no puede actuar, excepto si hay una contaminación de ADN, lo que ocurre muy fácilmente y que por ejemplo está originando sesgos muy importantes en el campo del estudio de la metagenómica intestinal humana. Conseguir un fragmento de ADN idéntico a aquel presente en el tubo de origen es un milagro digno de la propia Virgen de Lourdes, excepto si este fragmento ya existe en el laboratorio de llegada contaminando algún elemento indispensable del experimento o, más cuestionable aún, si fue introducido muy discretamente en el tubo que recibió la “onda divina”. ¿Qué es más probable, el teletransporte del ADN vía internet combinada con efectos cuánticos, contaminación accidental o una inyección simple y discreta? Estos experimentos enormemente sospechosos están aún a la espera de una confirmación independiente (más información en estos artículos en francés: 1 y 2). Desde hace 9 años, el hecho de que ningún otro equipo haya publicado sobre este tema muestran bastante a las claras el fraude científico subyacente. Sus autores han insistido sobre su simplicidad así que podría ser útil, como fue el caso después de la publicación del artículo de Benveniste de 1988, lanzar un desafío público a escala global dirigido a científicos capaces de plantear estos experimentos de forma independiente para así aclarar de una vez por todas que ha ocurrido. Así se acabarían las dudas.

Montagnier era amigo de Benveniste y creía en las diluciones homeopáticas. ¿Por qué y cómo se dejó llevar de esta manera desconcertante además de sus comunicados anti-vacunas y sus teorías sobre el SIDA que le hizo perder todo el crédito, cuando ya había adquirido el mayor reconocimiento otorgado a un científico? Esto sigue siendo un enigma, como también es el caso de otro Premio Nobel, Kary Mullis, un químico estadounidense que fue galardonado como el principal descubridor de la PCR mediante el uso de la Taq ADN polimerasa. Se dedicó desde entonces a plantear comentarios negacionistas sobre el VIH, el cambio climático y demás. No estamos a salvo de las divagaciones intelectuales de muchos científicos, no solo franceses, que han perdido su crédito de forma incomprensible. Por cierto, a veces este juego ideológico no siempre acaba como el caso de la memoria del agua o el teletransporte del ADN, y a veces se llega a resultados inesperados que producen un avance evidente en nuestro conocimiento del mundo natural.

El martirio de la memoria del agua y la homeopatía sigue hoy en la, valga la redundancia, memoria de una pequeña comunidad de creyentes. Estos, autoconvencidos de la existencia distópica de una comunidad científica infame, no quieren aceptar el hecho que todos y cada uno de los científicos reconocemos: un hecho científico solo vale si es reproducible y tiene sentido de evidencia. La memoria del agua tal como se ha planteado no tiene base científica y la homeopatía tampoco. Los científicos son seres humanos y, por lo tanto, son capaces de todo, de lo mejor pero también de lo peor. La polarización emocional es muy tenebrosa y los conflictos de interés añaden un punto de confusión. Uno puede llegar a la situación de enfrentarse por una idea en contra de todo el mundo, pero sin perder el norte. A este respecto muchos científicos, incluyendo galos, sirven a la humanidad a pesar de salirse de lo establecido pero aportando datos científicos auténticos y reproducibles, además de contribuyendo al debate muy crítico. Lo hacen de forma cooperativa, creativa y adecuada para el interés general de la sociedad y el futuro de nuestro planeta. Con la complejidad que se contempla, es cada día más difícil. Se necesita mucha humildad, generosidad y exigencia combinadas con dudas, rigor, método y sentido común Así se llegará a poner las pseudo-ciencias en su sitio, sin olvidar que todos, incluyendo los científicos, no escapamos a la pregunta de cada día: ¿Me lo creo o no me lo creo?

Os queda tomar la decisión la más prometedora del verano: ¡hacerse miembro de la AEAC!

Gilles Mirambeau, socio fundacional de la AEAC, miembro de EuroScience, residente en Barcelona y biólogo molecular à la Sorbonne Université de Paris.