¿Porqué la ciencia está ausente del debate político?

Hoy os dejamos una reflexión de Emilio Criado, socio fundador de la Asociación Española para el Avance de la Ciencia (AEAC), sobre las razones por las que la Ciencia está ausente en los debates políticos de cara a las próximas elecciones.

¿Porqué la ciencia está ausente del debate político?

La larga campaña electoral y las decisivas elecciones que se celebran el día 10, se celebran no sólo en  medio de una compleja situación  política, sino  en los prolegómenos de una nueva crisis que no es sólo económica sino de cambio profundo en las bases productivas y culturales de nuestra sociedad. Las tecnologías disruptivas que modelan esa nueva sociedad,  proceden de notabilísimos avances científicos en campos muy diferentes: inteligencia artificial, robótica, nuevos materiales, big data, genética, neurología etc.  

Por ello sorprende que en todo el debate preelectoral la ciencia y la tecnología hayan estado totalmente ausentes del discurso político, carencia de la que se han hecho eco los principales  medios de comunicación. Si en los anteriores procesos electorales se llegaron a celebrar seis u ocho debates en torno a los programas electorales de I+D+i de los diferentes partidos  políticos en esta ocasión solamente se ha celebrado uno.

La responsabilidad de esta situación no puede achacarse en exclusividad a los partidos políticos, sino que debe abrirse también al conjunto de la sociedad y a la propia comunidad científica. La sociedad española no parece asociar a la ciencia como el elemento determinante de su calidad de vida y empleo y por tanto no se presenta como una preocupación básica a resolver; los científicos no parecen ser capaces de poner en valor su trabajo.

Pero esta disociación tiene unas raíces profundas y no son tampoco nuevas en nuestra historia.

Los desencuentros entre avance científico y realidad social vienen de atrás. En el siglo XVI el notable avance tecnológico ligado al comercio de Indias, impulsado por los novatores, se ve cortado por el giro conservador impulsado por la contrarreforma de Trento y el cierre a los intercambios con la reforma racionalista del que surgiría la ciencia europea. El impulso reformista de la Ilustración se ve cortado por la guerra de Independencia, la emigración y la reacción antiliberal fernandina apagan rápidamente el influjo del siglo de las Luces. De manera muy gráfica puede constatarse como el Museo de las Ciencias y las Artes se ve convertido en Museo del Prado, del que desaparecen toda la notable colección de ingenios mecánicos destinados a renovar la industria manufacturera española.

Solamente a finales del XIX , bajo el impulso de la ILE y más tarde de la JAE, se establecen unas bases sólidas para la actividad científica, al calor de la expansión económica ligada a la neutralidad española durante la I  Guerra Mundial y  al aporte de capitales  procedentes de las   colonias americanas.

Pero el impulso fue de nuevo interrumpido por el radical cambio ideológico  que experimenta el país como consecuencia de la guerra civil. El exilio de un número muy relevante de científicos y académicos y la destrucción del las instituciones científica generadas por la República, impidieron su consolidación y el relevo  generacional. Pero el problema fue aún más  grave en el campo de  la tecnología  y modernización de nuestro sistema productivo.  ¿Cómo  y porqué innovar en un sistema autárquico y en un país empobrecido sin capacidad de compra?. Veinte años más tarde, cuando el Plan de Estabilización de 1959, abre las fronteras a la inversiones extranjeras, ¿porqué dedicar recursos a la investigación e innovación, si es mucho más fácil adquirirla o copiarla de las empresas que se instalan en nuestro país a la búsqueda de un mercado emergente, que demanda una notable cantidad de objetos de consumo?. La conclusión del informe de la OCDE en 1968  es clara:” La modernización tecnológica en que se basaba el potente crecimiento económica de dos dígitos en el P.I.B. radicaba en la importación masiva de tecnología exterior a través de la inversión directa y los contratos de trasferencia. La I+D autóctona era muy secundaria y subsidiaria. Se carecía de una estrategia global  para ensamblar la investigación científica en la ejecución del I Plan de Desarrollo y en consecuencia para ponerse al día con los países científicamente avanzados con los cuales se estaba en competencia económica directa”.

Durante la transición se marginaron  la toma de decisiones en materia de I+D, que no se plantearon  sino con la llegada del gobierno socialista en 1982, pero la iniciativa más relevante no se adopta hasta  1986 con la Ley de Ciencia y el primer Plan Estatal de Investigación se retrasa hasta 1988.  No obstante, a lo largo de ese período de casi 20 años, el entorno industrial del país había experimentado dos grandes procesos de cambio, el derivado de la crisis energética de 1972 y los duros procesos de reconversión industrial de los primeros  años 80. En resumen, el cambio de modelo productivo se hizo sin el acompañamiento de medidas de apoyo científico y tecnológico adecuadas.

Esa disfunción se mantuvo a lo largo de los años de expansión económica tras nuestra entrada en la Unión Europea. El sistema científico español experimentó un notable crecimiento y se homologó a los estándares internacionales; en 2009, a comienzos de la crisis nuestro país alcanza el mismo nivel científico que tiene en el ranking de actividad  económica, situándose en el décimo lugar. Pero de nuevo se presentaban notables distorsiones, el sistema  público es el principal soporte de la investigación científica y de su financiación, mientras que el sector empresarial ocupa de nuevo un lugar muy alejado que el de sus homólogos europeos.

La crisis no ha hecho sino evidenciar esta dicotomía y como comentábamos al principio, el acelerado cambio científico y tecnológico que está condicionando  nuestras nuevas formas de vida, deberemos afrontarla desde unos niveles de dependencia tecnológica que enraizan en nuestro modelo histórico de desarrollo.

Todo indica que la sociedad española tiene muy interiorizada esta situación, actúa como mera consumidora de tecnología pero no como una ciudadanía crítica que exija a sus políticos una mínima reversión de dicho modelo.

La comunidad científica puede ayudar a modificar esta dinámica si incluye en su actividad profesional, una mayor dedicación a explicar a la ciudadanía no sólo datos y teorías sino sobre los mecanismos internos en la toma de decisiones en las políticas científicas y tecnológicas. En definitiva si dedica más energía a recuperar su papel de responsabilidad social y a difundir conceptos clave como función social de la ciencia. Los retos éticos que plantean muchos de los avances  científicos, en el ámbito de la genética, neurología, inteligencia artificial, etc , requieren de un acuerdo social entre científicos y ciudadanos, en la búsqueda de una sociedad más equitativa y sostenible.

Instituciones como la AEAC en colaboración con otras entidades sociales como asociaciones científicas, académicas, sindicatos y movimientos sociales, deben jugar un papel en este tipo de iniciativas.

Por Emilio Criado Herrero, socio fundacional de la AEAC. Vocal CCOO Consejo Asesor de Ciencia y Tecnología.

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