Ciencia, innovación y modelo productivo

Intervención en la Jornada “Ciencia, innovación y país” celebrada el 1 de Marzo de 2019 en el Congreso de los Diputados

César Ullastres

05/03/2019

El informe  Regional Innovation Scoreboard 2017 de  la UE sobre la evolución de la innovación en España entre 2010 y 2016 observa  que las publicaciones han aumentado en esos seis años el 90%, que la financiación a la I+D ha bajado el 34% y, lo que es peor, hay un 38% menos de PYME´s innovadoras. A día de hoy, España sigue descendiendo año tras año en todos los indicadores de innovación, en el Ranking Bloomberg 2019 estamos en la posición 30, tras Rumanía, Malasia, la República Checa, o Polonia, muy por detrás de China. Algo está fallando.

Nuestro Sistema Nacional de Innovación (SIN) está pensado por académicos y para académicos. Es, realmente, un sistema científico no propiamente de “innovación”, pues se centra en la generación de conocimiento, no en la explotación con éxito del mismo que es lo que la caracteriza. La fórmula I+D+i es un invento de despacho que fue adoptado en nuestro país como un axioma. Lo que ahora pomposamente se llama modelo lineal, no ha dado resultados.

El Ministerio de Ciencia, Universidades e Innovación trajo una brisa de esperanza, pero se acompañó, otra vez, de un error fatal: ese ministerio no incorporaba industria. De nuevo, se entendía que la Innovación pertenecía al ámbito de la ciencia y las universidades, y que la industria posiblemente era “otra cosa”. Este esquema ministerial, implícitamente, asimila la innovación a un subproducto de la ciencia, y la industria no se sabe exactamente a qué, posiblemente a obsoletos proteccionismos o a influencias de todo tipo.

La orientación de las empresas hacia la innovación depende de los sectores a los que pertenecen y del entorno de los mercados en los que estas operan. En España solo el 23,4% de las empresas industriales innovan y las que lo hacen, lo hacen en sectores muy heterogéneos. El 70,4% de las empresas del sector farmacéutico son innovadoras, así como el 57,7% de las industrias de productos informáticos, electrónicos y ópticos y el 52,6% del sector químico. También es bastante elevado el porcentaje de empresas innovadoras en las ramas de material de transporte y equipamiento eléctrico, del orden del 50%, pero desciende abruptamente en el resto de los sectores que son los que, año tras año, son opacos a cualquier tipo de ayuda.

La convergencia de las tecnologías digitales hacen que el mundo al que nos enfrentamos sea todavía más complejo y la ciencia tiene que abordarlo desde esa complejidad. Los problemas que tiene que resolver no son sistemas cerrados, engloban sus repercusiones en la sociedad. Para conocerlo ya no vale hacer lo que se hace con lo complicado: trocearlo, analizar sus piezas, ver cómo se relacionan para luego volverlo a montar. La complejidad no se puede desmontar, es un límite, no es una magnitud por lo que no se puede cerrar, no se puede abarcar. La complejidad es un territorio que hay que recorrer y para hacerlo se puede y se debe partir de orígenes distintos y visiones diferentes. De ahí que muchas veces, cada vez más, la ciencia y la empresa tienen que encontrarse y recorrerlo juntos.

El mayor lastre de nuestro SNI es el insuficiente desarrollo productivo en los segmentos de mayor cualificación tecnológica, lo que sería necesario para lograr un despliegue comparable al de las naciones de nuestro entorno. Sin embargo, la acción de los poderes públicos no ha atendido eficazmente el objetivo de hacer emerger nuevas empresas innovadoras y se ha centrado en subsanar los problemas que afectan a la asignación de recursos ya existentes.

También fallamos porque las empresas no pueden apropiarse de todo el conocimiento que se genera en el sistema y como consecuencia hacen menos investigación que la deseable. La falta de capacidades en el sector privado es un obstáculo importante. La falta de cultura innovadora en las empresas es lo que subraya la relevancia de la I+D pública para el sector productivo y es un problema complejo, de carácter estructural. En ese sentido, las políticas de innovación deberían orientar esfuerzos a la creación de esas capacidades y a promover la cooperación para conseguir una masa crítica mayor para que las empresas pudieran abordar proyectos cooperativos.

En España que un investigador monte una empresa en una heroicidad. En 2011 se promulgaron dos leyes que establecían un marco razonable, la Ley de la Ciencia, la Tecnología y la Innovación y la Ley de Economía Sostenible. Su desarrollo normativo tenían que desarrollarlo las CC.AA y no se ha hecho. Por otra parte, La ley de Incompatibilidades del Personal al servicio de las Administraciones Públicas, la ley del Impuesto sobre el Patrimonio, la ley de Patentes y la Ley Orgánica de Universidades tienen artículos que interfieren el desarrollo de lo que pretendían regular en las leyes del 2011. Su articulado adolece de falta de concreción en temas de extraordinario interés como es el de las empresas de bases tecnológica que surgen de la Universidades o los Centros Públicos de Investigación, lo que desincentiva enormemente el desarrollo de estos vehículos de transferencia.

En general, se sigue sin entender que las empresas, en esencia, son solo un instrumento económico que sirve para demostrar si las ideas funcionan o no. La empresa es el medio más eficaz y, posiblemente, el más económico de demostrar si las ideas tienen verdaderamente valor, en tanto que son de utilidad para el mercado.

En el libro “El lado oscuro de la Innovación” se incluye tres casos de estudio que ejemplifican los procesos que llevan a cabo las empresas en el ámbito de la innovación. En el primero, Oryzon, la innovación es el núcleo generador de su quehacer cotidiano; en el segundo, Telefónica, supone el principal motor de su crecimiento y es a lo que dedican la mayoría de sus recursos, capturando valor de su entorno, comprando lo que les resulta útil; en el tercero, Talgo, es la pasión, su particular obsesión por conseguir el mínimo rozamiento entre el rail y la rueda, es con lo que superan a su competencia y es la base de su posicionamiento en el mercado. En las tres empresas existe un clima basado en la confianza que fomenta la iniciativa de todos y cada uno y promueve la acción. Y se aseguran que sus proyectos de innovación respondan a sus objetivos estratégicos.

Abordar un proyecto de Innovación es una decisión que surge de las estrategias y dinámicas propias de quien va a llevarlos a cabo, sean individuos, empresas o instituciones. Sin este impulso, sin la convicción de las oportunidades que pueden abrirse y de los beneficios que pueden obtenerse, es difícil y, por lo menos, aventurado el asumir los riesgos que entraña todo proyecto que en esencia incorpora cambios.

La estrategia ha de definir cómo se quiere innovar y dónde se va a hacer. Podremos hacerlo a partir de las ideas que surgen dentro de la organización, incorporando a otros agentes externos, o bien, comprar innovación que hacen otros, incluso copiarla, aunque esto último tiene poco recorrido. Hay muchos haciendo lo mismo.

La innovación es teoría en acción. En empresas e instituciones, hay que poner los cerebros de toda la organización a soñar para descubrir nuevas formas de hacer las cosas. Y aunque siempre hay algo de magia cuando surge una idea que concita el compromiso de todos en la organización para perseguirla y llevarla adelante, no hay conejos en la chistera. En Innovación hay trabajo, método, fracaso, aprendizaje… Volver a intentar, volver a hacer y seguir haciendo hasta alcanzar el éxito.

La Innovación tiene un lado oscuro del que nadie habla. Innovar es un trabajo interminable: no sirve hacerlo solo una vez, sino constantemente y en todos los productos (bienes y/o servicios) y áreas funcionales de la empresa. No es habitual encontrar libros dedicados a la innovación que profundicen en el esfuerzo que supone tomar todas las medidas a nuestro alcance para minimizar los riesgos que incorporan los proyectos de Innovación mientras se garantizan los retornos que toda inversión exige. Más allá de las luces y las palabras, la innovación se refleja en la cuenta de resultados y, en consecuencia, sus responsables tienen obligaciones y derechos.

Pongámonos en el lugar de quien debe tomar la decisión de invertir en un proyecto de Innovación ¿Qué es lo primero que pensamos, aunque no lo digamos cuando nos lo estén proponiendo? En nuestra opinión son tres cosas: en cuánto nos va a costar, en los productos que vamos a dejar de hacer si el resultado del proyecto de Innovación tiene éxito y, en consecuencia, los sustituye y en el proceso de aprendizaje que supondrá poner en marcha una nueva línea de fabricación o una forma nueva forma de prestar el servicio. Coste, canibalización y complejidad, son los elementos en los que piensa cualquier gestor antes de abordar cualquier proyecto de Innovación en la empresa.

Si ahora nos ponemos el gorro de técnicos de Innovación. ¿Seremos capaces de neutralizar los anticuerpos que surgen en cualquier organización que inicia algo que va a promover cambios? ¿Cómo vamos a ser útiles a nuestra propia organización facilitando el trabajo de todos con lo que nosotros proponemos? ¿Podremos resistir el envite del tsunami tecnológico que estamos viviendo, siendo además capaces de sacarle todo el potencial de transformación que tiene? 

Finalmente, pongámonos en el papel de usuario de los resultados de nuestro proyecto de Innovación ¿Tenemos un sistema normalizado para observar lo que necesitan nuestros clientes? ¿Validamos con ellos nuevos enfoques? ¿Hacemos las cosas pensando en quien va a consumir nuestros productos?

El proceso en el que se sustancia la Innovación incorpora esas tres visiones: la del gestor que tiene que controlar los riesgos de la inversión, la del tecnólogo que utiliza el conocimiento y la técnica para aprovechar las oportunidades y la del cliente que siempre está dispuesto a satisfacer sus necesidades del modo más eficiente.

 “Innovación” es uno de esos términos que nos bombardean y nos traspasan una y otra vez. Acompaña a cualquier discurso, pero no deja huella. Para que tenga masa suficiente hay que hacer que pase de ser un término comodín a ser significante. La conceptualización es la que proporciona masa, sustancia, a una palabra que por repetida no por eso consigue gravidez. Y no hay conceptos sin trabajo teórico riguroso que es lo contrario a las recetas y a las etiquetas.

Los trabajadores de la ciencia tienen el bien más preciado, el conocimiento y además son los guardianes de las instrucciones de cómo crearlo: el método científico. Sus activos son públicos ya que el conocimiento no existe si no se comparte. Su trabajo se basa en el escepticismo organizado con el que pueden cuestionarlo todo sin que nadie tenga que sentirse ofendido y tienen que compartir sus acciones con el resto de la sociedad porque la ciencia es un bien público, tal y como lo indica nuestra Constitución y la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Hoy la ciencia y la tecnología están rodeadas de una complejidad siempre creciente, tanto en su esencia, como en su aplicación y consecuencias. La complejidad es una dimensión abstracta, pero insoslayable y es una fuente de riqueza para la ciencia y la tecnología no solo epistemológica, sino también de resultados. Para abarcarla es necesario recorrerla y se puede comenzar a recorrer desde diferentes visones, conocimientos y experiencias. Esa visión nómada de un territorio de conocimiento es la transdisciplinariedad y que para promover la innovación resulta imprescindible:

• Promover estructuras de colaboración entre universidades, centros públicos de investigación y empresas, permitiendo la cooperación, cocreación, codesarrollo o la integración de conocimientos desarrollados de manera conjunta.

• Evolucionar desde la ocurrencia que aquí hemos convertido en fórmula, la I+D+i, que sugiere un modelo lineal que no resulta eficaz, hacia modelos no lineales de transferencia que contemplen la totalidad del proceso de transferencia de conocimiento y den cabida a todos los actores.

• Fomentar la incorporación de investigadores con experiencia en empresas, con medidas como la de los doctorados industriales y de investigadores de empresas en la Academia.

• Entender que las spin-off son, sobre todo,  un vehículo de transferencia de conocimiento, probablemente el más económico, que habría que promover decididamente facilitando su creación desde la Universidades y los Centros Públicos de Investigación.

• Estimular movimientos asociativos en la sociedad civil que promuevan el conocimiento y cómo se llega a él en la sociedad.

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