Contraindicaciones de las políticas de identidad: Críticas, propuestas desde la interdisciplinariedad.

                                       Por Emilio Muñoz, socio promotor de la AEAC

La biología ha iniciado su trayectoria científica en la búsqueda de la caracterización de los organismos en virtud de sus estructuras y funciones. De ahí que los primeros contribuyentes fueran los naturalistas. Curiosamente tales estudios recibieron desde los orígenes un nombre híbrido, el término que hizo fortuna fue el de Historia Natural.

Todo este notable desarrollo es patrimonio del siglo XIX, aunque se divierta por los siglos XVIII y XX. Newton reconoció los gigantes a cuyos hombros se subió para sus descubrimientos; ahora nos toca reconocer a algunos de los gigantes que a lo largo de esos fantásticos espacios temporales aportaron importantes ideas, hallazgos fundamentales y sobre todo constructivas síntesis. Entre ellos, los dos Carlos, Linneo y Darwin, bien (re) conocidos por sus contribuciones seminales a las taxonomías  de plantas y animales y  a la variación de los mismos, pero también incluyo a Georges Cuvier  con sus estudios sobre la clasificación de los animales y su aplicación a la paleontología y la geología ( anatomía comparada y fósiles). No debo olvidar a mi admirado Santiago Ramón y Cajal con su maravillosa cartografía del sistema nervioso, que conserva  subyugadora actualidad.

La enumeración reflexiva de estos grandes científicos me ha hecho pensar sobre los protocolos de investigación con los que elaboraron sus investigaciones y por ello me atrevo a formular, proponer, el “pentágono de los métodos para la sucesión en la investigación sobre ciencias naturales“ (PEMESICIN) que comprende los siguientes procesos: exploración, identificación, caracterización, acumulación y síntesis.

Lo sugerente de este (aparentemente) inútil ejercicio, que ha conducido a una formulación que se  resume en un acrónimo que recuerda a los antibióticos, es su rabiosa actualidad porque se refleja en las investigaciones recientes sobre la astronomía en la ambiciosa búsqueda de planetas. También reverbera sobre la biología basada en las ómicas, que se orientan desde  la detección y solución eventual de enfermedades raras hasta los estudios apasionantes de los microbiomas y sus repercusiones en la alimentación y la salud junto la prospectiva de abordar la virología en diferentes entornos. Incluso, para sorpresa de muchos,  el PEMESICIN se  puede proyectar sobre la investigación social y mercadotécnica apoyada en los big data y sus resultantes algoritmos que nos apasionan y perturban.

Sobre este andamio instrumental voy a trasladar el  análisis al ámbito de la política y de la ciencia política que es la prótesis intelectual con la que se intenta comprenderla. El pentágono propuesto permite criticar y descalificar a los nacionalismos, los populismos o los supremacismos. La mayoría de ellos, si no todos, presentan carencias notables en el pentágono, ya que les faltan, en sus marcos analíticos y propositivos, lados o incluso los lados que aplican son líneas quebradas. Muchas de sus estrategias se asientan en la identificación como proceso prioritario para su existencia y acción; apenas hay exploración, caracterización, acumulación y mucho menos síntesis. Identifican al enemigo, generalmente los otros, enarbolan banderas y fronteras , buscan argumentos  para promover las emociones  y evitar la reflexión y el pensamiento crítico con el fin de procurar la eliminación de esos ajenos , su exclusión como mal menor, incluyendo en esta estrategia en el campo de la política las acciones de polarización y bloqueo. Invito a los lectores a  un ejercicio de reflexión, o a un juego, contrastando, reflejando, la situación de la política española frente al pentágono PEMESICIN.

De nuevo gracias a mi fortuna (serendipia) he tenido acceso por intermedio del amigo y colega César Ullastres al libro El Retorno Liberal. Más allá  de la política de identidad (Debate 2018; 2017 para la versión original The Once and Future Liberal: After Identity Politics), cuyo autor Mark Lilla emerge como un intelectual especial que está en sus sesenta, es académico y periodista, y además ejerce como profesor de Humanidades en la Universidad Columbia. En un libro anterior (Los Pensadores Temerarios. Los Intelectuales en la Política, Debate 2014) ya abordó  el problema de los intelectuales que se vieron atraídos por los totalitarismos, lo que el autor denominó filotiranía.

En el libro que glosamos encontramos entre las notas de apoyo que preceden al texto, una de Steven Pinker que trascribo: “Tras el desastre de noviembre de 2016, se necesita urgentemente un análisis de la catástrofe (elección de Trump). Mark Lilla ha escrito un ensayo profundo y provocador sobre lo que ocurrió y lo que liberales, moderados y progresistas, deberían hacer…”. En el índice de enorme sencillez y concisión hay una declaración de principios: la Introducción se titula Renuncia, y los tres capítulos con  títulos de una sola palabra: Antipolítica, Pseudopolítica y Política.

Las tesis fundamentales de Lilla las expongo a continuación en una breve y personal síntesis. Trump ha ganado cerrando en Estados Unidos un periodo de modelo de país ( Dispensación en el léxico del autor que, ”dentro de un sistema teológico cristiano, es un ‘periodo’ o economía -término griego- que se refiere a la forma en que Dios interactúa con el ser humano durante un periodo establecido”) que surgió con Reagan tras el ‘periodo’ de Roosevelt con el New Deal. Los liberales progresistas -el partido demócrata- perdieron el norte empeñándose en convertirse en un partido de identidades (las mujeres, los afroamericanos, los inmigrantes latinoamericanos). Lo sorprendente para Lilla es que con el final de la Dispensación Roosevelt, los  demócratas no supieron que hacer y se lanzaron hacia la política del movimiento de la identidad, aunque esta política de identidad no ha sido ajena a la derecha estadounidense. En palabras suyas: “Lo asombroso durante la Dispensación Reagan fue el desarrollo de una versión de izquierdas que se convirtió en el credo… de dos generaciones de políticos, profesores, maestros, periodistas, activistas y funcionarios liberales del Partido Demócrata ”.

Termina el primer capítulo, el de la Antipolítica, planteando que  Trump supone el principio del fin de la Dispensación Reagan, sería una presidencia disyuntiva como lo fue la de Jimmy Carter, en retrospectiva, para la Dispensación Roosevelt. Por eso Lilla reclama a los liberales (partido demócrata) que recuperen la imaginación de país. Es asimismo crítico con la posición de los progresistas estadounidenses respecto al enfoque económico en lo que  Lilla, como buen liberal, atribuye al marxismo  en vez de asignarlo al movimiento progresista original. Parece evidente a los ojos de quien escribe estas líneas que no se siente el autor cómodo con Bernie Sanders y la oleada de socialismo que sacude a los jóvenes demócratas estadounidenses e incluso se propaga entre los “millennials[1]. Ignoro  qué pensará el profesor de Columbia  acerca del New Green Deal que viene defendiendo Alexandria Ocasio-Cortez y sobre la que he hecho referencia en anteriores  escritos. En la misma universidad de Nueva York profesa Jeffrey Sachs, un líder en el combate contra el cambio climático[2].

La tesis que impulsa Lilla en el tercer capítulo -Política- es la apuesta por la ciudadanía señalando a los ciudadanos demócratas un deber: que se eduquen en los principios de autogobierno. Un leitmotiv del veterano profesor de humanidades es que “los demócratas no nacen, se hacen”. Conviene terminar esta breve reseña de su libro y su carrera señalando que en lógica coherencia con sus ideas mantiene un discurso  de profunda desconfianza sobre la educación basada en la identidad,  y apunto además que aunque no podamos incorporarlo a nuestra corriente defensora de la interdisciplinariedad, Mark Lilla sí posee un importante activo intercultural,  puesto que conoce las culturas alemana, francesa y norteamericana. A pesar  de no  encontrarme plenamente identificado con los presupuestos ideológicos del ensayista, sí me siento cómodo con esa visión combativa de la contraposición entre identidad y ciudadanía, que asumo se prolonga en los choques entre egoísmo y cooperación, entre el individualismo y la solidaridad democrática. Por ello, no me resisto a terminar sin lanzar una nueva propuesta, una contribución personal apenas esbozada, a este diálogo. Ofrezco un decálogo de conceptos  que son en realidad un potencial para que su análisis y adopción faciliten alcanzar la condición de ciudadanos. Se pueden de momento englobar  bajo el rótulo  “Decálogo para una integración transversal” (DIT): diversidad, diálogo, dedicación; interacción, implicación, interés, inmigración; transformación, talento, trabajo. Su armonización y puesta a punto  ayudaría a la consecución de los Objetivos del Desarrollo Sostenible tanto para los individuos como para las instituciones.


[1] https://elpais.com/elpais/2019/03/07/ideas/1551972909_806992.html

[2] https://elpais.com/economia/2019/05/02/actualidad/1556789974_706437.html

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