La desigualdad revisada desde la ventana de la ciencia

Por Emilio Muñoz, socio promotor de la AEAC.

Tanto institucionalmente desde la Asociación como personalmente, en cuanto científico crítico con las economías asociadas a la austeridad, he venido insistiendo en que la desigualdad económica es un factor perturbador del bienestar social y de la salud del planeta. El Manifiesto lanzado el 15 de marzo dirigido desde la AEAC a la comunidad intelectual es una nueva alerta al respecto.

He contado de nuevo con el inapreciable apoyo de la revista Investigación y Ciencia, versión española de Scientific American: en el número de enero de 2019, se ha publicado un Informe especial con el título “La ciencia de la desigualdad “(págs. 58-81) que se ha recogido en la portada como parte esencial del número y que se pregunta “por qué la creciente desigualdad económica perturba de modo tan dañino al bienestar humano y a la biosfera”.

La respuesta, urgente y apasionante, se ofrece desde una perspectiva multi e interdisciplinar. Cuatro autores de diversa extracción contribuyen a presentar datos y argumentos que trato de sintetizar en lo que sigue.

Encabeza la rúbrica Joseph E. Stiglitz, economista galardonado con el premio en Economía otorgado en 2001 por el Comité Nobel, que es un referente sobre la economía política como catedrático de la Universidad Columbia y economista jefe del Instituto Roosevelt en Nueva York. Ha ocupado un gran número de puestos de relieve como la presidencia de la Comisión de Naciones Unidas para la reforma del sistema  financiero internacional que se ocupó del crítico asunto en 2008-2009 (en plena crisis global). Su texto “La desigualdad en EE. UU.” promueve el “análisis de un caso extremo para entender las causas de una tendencia global “.

Viene documentando en sus artículos y libros que los Estados Unidos poseen el desafortunado registro de estar en cabeza de la desigualdad desde hace tiempo, y que ha seguido escalando “nuevas cotas en los últimos cuarenta años”. El autor suele ser muy crítico con las quiebras sociales de contenido moral generadas por las prácticas de la economía especulativa, pero estimo que ha elevado el tono en el texto glosado. Para sustanciar esta conjetura recojo las siguientes cuestiones candentes: el fin del sueño americano, que expone con ilustración de datos y gráficos en los siguientes términos “contra la creencia popular, la igualdad de oportunidades (en Estados Unidos) es menor que en la mayoría de los países desarrollados”. Debido en “buena parte a esta enorme desigualdad, la esperanza de vida en EE.UU. está experimentando descensos sostenidos”. Anne Case y Angus Deaton, economistas de reconocido prestigio – el segundo con el premio del Comité Nobel- atribuyen como una de las principales causas del aumento de la mortalidad a las “muertes por desesperación“, es decir las de aquellos que han perdido toda esperanza. Tras el “New Deal” (“Nuevo Trato”) aplicado después de la Gran Depresión  de 1929- la política intervencionista del Gobierno Estadounidense- la desigualdad comenzó a disminuir hasta alcanzar un mínimo en 1950. Lo que llevó a otro economista reconocido por el Comité Nobel, Simon Kuznets, a formular la siguiente ley “en los primeros estadios de desarrollo, al aprovechar las nuevas oportunidades, las desigualdades crecen; sin embargo en las etapas posteriores se reducen”. Durante casi treinta años esta teoría se fortaleció con los datos… pero en los años ochenta llegó la dura realidad con una inversión de golpe en la tendencia. Es una prueba  a mi juicio de que los reconocimientos por importantes que sean en economía son coyunturales. ¡Mucho más que en las ciencias experimentales!

Frente a las tesis de Piketty quien, en su importante y popular obra “El capital en el siglo XXI” (Fondo de Cultura Económica, 2014), atribuye la desigualdad a la riqueza heredada, al capital, Stiglitz propone que en EE.UU., uno de los factores predominantes radica “en las estrategias de presión de las clases pudientes (“lobbying”) para promover leyes favorables a sus intereses”. Si esta tesis se cumple, supone un jarro de agua fría a mis continuas propuestas, invocando la biología, en favor de la regulación. Por lo tanto mi discurso se perfila: regulación sí, pero que regulación y la respuesta tiene que ser insistir en el valor de la(s) ética(s) y en el papel esencial de la democracia y de los instrumentos para su ejercicio. También confirma lo que ha expuesto mi admirado amigo y maestro Alejandro Nieto en su último libro respecto al realismo jurídico y los arcanos de la ley[1] . Con la situación expuesta por Stiglitz  no choca que se ha creado en la generación de los millennials (nacidos entre1981 y 1996) una corriente en favor del “socialismo”[2]. Son “críticos con la desigualdad creada por la economía neoliberal y acusa a los hiperricos por sus privilegios y exigen programas sociales”.

El segundo autor, Robert M. Sapolsky, con el título “Desigualdad económica y salud pública” (págs. 66-71) aporta, con aproximación innovadora e interdisciplinar, un estudio del daño causado por el estrés en el cerebro, mientras que la aplicación de la terapia génica en el sistema nervioso le ha llevado a explorar en papiones del este de África la relación entre el rango social y la salud. Hay conclusiones de calado en el trabajo como: “las condiciones deficientes en salud y en la generación de muertes prematuras no son solo consecuencia de déficits en alimentación y la asistencia sanitaria sino que se reflejan en el desgaste corporal relacionado con el estrés psicosocial” para cuyo efecto apunta tres factores: la inflamación persistente (relación con los sistemas metabólico e inmunitario), la destrucción de elementos genómicos fundamentales (la base genética), y el deterioro de ciertas regiones cerebrales (la neurodegeneración). Es lo que una infografía del texto resume bajo el sugerente rótulo “La desigualdad desde dentro” (pág. 65).

El tercer trabajo tiene la autoría de Virginia Eubanks, profesora de ciencias políticas en la Universidad Estatal de Nueva York en Albany, que bajo el título “La automatización de los prejuicios” (págs. 72-75) nos ilustra acerca de la aplicación de programas de lucha contra la pobreza que han acudido a la corriente de moda del ”big data” y los algoritmos automatizados para enfocar, en aparente mejor estrategia, las ayudas procedentes de las políticas públicas. Al mismo tiempo nos advierte de que una aproximación a la toma de decisiones basada en datos no es suficiente para asegurar el éxito. Son las políticas públicas adecuadas frente a la explotación estructural y a las malas políticas, las que nos pueden ayudar a “reescribir las historias falsas que contaminan” en palabras de la profesora Eubanks: hay que “financiar los programas públicos, garantizar los buenos salarios y condiciones de trabajo seguras, apoyar los cuidados a personas dependientes, fomentar la sanidad y proteger la dignidad y autodeterminación personal“.

El cuarto análisis corre a cargo de James K. Boyce, profesor emérito de economía e investigador en el Instituto de Investigación en Economía Política de la Universidad Amherst de Massachussets. Su texto titulado “El coste ambiental de la desigualdad” empieza con un hecho real: un conflicto ambiental en las zonas rurales de Dakota del Norte que ocurrió en 2016 y tuvo repercusión en la prensa mundial. El conflicto tenía que ver con el oleoducto construido con el objetivo de transportar petróleo con la reacción de una tribu siux por el temor a que una fuga pudiera contaminar su suministro de agua a la que se unieron los activistas contra el cambio climático opuestos a la extracción de combustibles fósiles. Hasta diciembre de 2016, el Cuerpo de Ingenieros de Estados Unidos se oponía al proyecto pero cuatro días después de su llegada a la presidencia en enero de 2017, Donald Trump cambió las regulaciones y el proyecto se puso en marcha. La batalla la ganaron quienes tenían más poder político y económico que los que salieron perjudicados- recuérdese la tesis de Stiglitz. Ese desequilibrio según el Prof. Boyce favorece la degradación ambiental.

Este nexo entre poder social y deterioro ambiental se empezó a estudiar en la última década del siglo pasado. Los economistas encontraron una curva en U invertida (de campana); es decir la contaminación (atmosférica e hídrica) aumentaba en función de la renta hasta los 8000 dólares en que empieza a decrecer a medida que aumentaban los ingresos. El recuerdo a la curva de Kuznets tranquilizó a la economía tradicional que se acomodó a bautizarla como “curva de Kuznets ambiental”. Boyce nunca se sintió feliz con los análisis y con su doctorando Mariano Torras ha trabajado desde 1998 para probar que era la desigualdad, y no la renta per cápita, el factor que está detrás de la degradación ambiental. Boyce sostiene que “la degradación ambiental perjudica más a los pobres que a otras personas” y propone que “los daños en el entorno son mayores donde la brecha entre quienes poseen poder político y económico y quienes carecen de él es más profunda”. Surge un nuevo ecologismo que reclama el reequilibrio entre las relaciones humanas y la naturaleza y que persigue proteger a las poblaciones marginadas que sufren los daños ambientales que derivan de actuaciones que benefician a otros. En la política estadounidense, la joven congresista demócrata y líder emergente Alexandria Ocasio-Cortez ya ha anunciado el “New Green Deal”, un nuevo trato político.

En un nuevo  caso de convergencia evolutiva intelectual, concepto al que con frecuencia acudo, una organización tan alejada del ecologismo y del socialismo como la OCDE ha alertado a través de un Informe publicado el 10 de abril de 2019 del declive /estancamiento de la clase media: los periódicos se han hecho eco y  El País recogía la noticia en primera página el día siguiente, completando la atención prestada con un artículo  en la sección de Economía y Trabajo del día 12 de abril[3]. Su autor es el reconocido economista contra las políticas de austeridad y la subsiguiente crisis Manuel Escudero, actualmente embajador de España ante la OCDE, y su lectura merece la pena.

La noticia es que se ha abierto el ventanal de la ciencia para estudiar la desigualdad. Solo quiero dejar que entre el aire de la ética y recomendar la aplicación de valores esenciales, como el compromiso/ la responsabilidad, la empatía y la justicia social, en la acción política y en la construcción de la información que dé cuenta de la misma.


[1] A. Nieto, Testimonios de un jurista ( 1930-2017), INAP; Global Law Press,2017

[2] https://elpais.com/elpais/2019/03/07/ideas/1551972909_806992.html

[3] https://elpais.com/economia/2019/04/11/actualidad/1554999794_113813.html

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