La ciencia como arma (pacífica) para enfrentarse a la comprensión del mundo

Créditos de la foto: ThomasWolter

Por Juan Rocha, investigador del CSIC y socio fundacional de la AEAC

El pasado 6 de junio tuvo lugar uno de los Science Webinars organizados por la American Association for the Advancement of Science (AAAS), con un título plenamente convergente con algunas de las razones que han aflorado en la discusión − en el sentido de examen atento, no de contienda y combate − que se está produciendo en el seno de la Asociación Española para el Avance de la Ciencia (AEAC). ‘Weaponizing science for the greater good[1], título sugerente a la vez que paradójico: el uso de armas para el bien común. Su formulación sugiere el uso de la ciencia como una herramienta, un instrumento para contribuir al bien común; un arma, si se emplea la acepción más belicosa del término inglés weapon. En definitiva, la ciencia no como un fin en sí misma, como elemento último que presentar a los ciudadanos despojada de sus circunstancias y sus contextos. Por el contrario, la ciencia y el conocimiento derivado de ella como armas de indiscutible eficacia para enfrentarse a la comprensión del mundo, para analizar e interpretar lo que ocurre a nuestro alrededor. También para hacer frente, con garantías, a los dogmatismos, a los intentos de manipulación, a las mentiras, a las tan ubicuas y acríticamente acreditadas noticias falsas o bulos (fake news).

Sin embargo, no siempre la ciencia, o las personas que se dedican a ella, han sabido conectar con la ciudadanía, con quienes coloquialmente nos denominamos ‘ciudadanos de a pie’. En el seminario, Jack Shonkoff presenta el que otra de las contertulias, Amanda Klasing, califica de buen ejemplo de cómo la ciencia ha desconectado del público. Afirma Shonkoff que la mayoría de la gente no entiende la ciencia que se encuentra detrás del problema del cambio climático y que el debate sobre este acuciante problema se centra principalmente en el reconocimiento o negación del fenómeno y en las posibles acciones políticas a emprender. Una discusión − frecuentemente debate[2] − con un importante componente de ideología; del que la gente, la ciudadanía y también los políticos y los agentes sociales, según Shonkoff tienden a “hacerse eco o no hacerse eco”, a posicionarse o no, “sin que exista espacio para el diálogo”, para el razonamiento. Y tampoco se aprecia lugar para el conocimiento científico, de modo que las prescripciones desde el ámbito de la política muchas veces están desconectadas de las abundantes evidencias científicas existentes − haberlas, haylas −, cortocircuitando así el proceso que Shonkoff describe como “moving from a finding or a conclusion to a prescription from policy” y disminuyendo la capacidad de hacer, de enfrentarse al nudo dominio, forma de poder que suele emplearse en las discusiones políticas[3]. Este argumento, que Shonkoff seguramente plantea refiriéndose a la ciudadanía de los EEUU − aunque el seminario se difunda globalmente a través de la Web − es sin duda aplicable a escala mundial.

Ciertamente, la ciencia constituye un arma pacífica de la que proveerse para comprender este fenómeno del cambio climático, de tremenda importancia y profundas consecuencias, y para tomar una posición informada respecto de él y de las decisiones políticas que le afectan. También para educar en el pensamiento crítico y fomentarlo. Un instrumento puesto al servicio de una ciudadanía capaz de declararse en rebeldía, entendida ésta, en la concepción de Albert Camus[4], como algo profundamente positivo, propio de la persona informada, que nos lleva a utilizar la palabra y la interrogación, a obtener respuestas humanas, es decir razonablemente formuladas.

Opino que necesitamos someternos a un proceso de “primitivización”. No en el sentido, huelga decirlo, de involución hacia el ser humano ‘re-primitivizado’, el “re-primitivized man” que Robert Kaplan observó en naciones al borde del colapso, inmerso en la violencia y la barbarie. Me refiero a un proceso de regresión a ─ o quizás debería decir progresión o evolución hacia − un cierto primitivismo intelectual, entendido como la recuperación de aquella parte perdida de las capacidades ‘primitivas’ de observación, análisis y espíritu crítico. El hombre moderno o contemporáneo posee unos conocimientos y una cultura que en su mayor parte ha obtenido a través de la educación formal, y que debe desarrollar a lo largo de su vida y hacerlo por sí mismo. Aunque no siempre hace una cosa ni mucho menos la otra. Pero ¿quién es un hombre primitivo, quién uno moderno? Erich Fromm[5] afirma de este último, del “hombre medio de hoy”, que lo que sabe procede de los centros de enseñanza y los medios de comunicación, que piensa muy poco por sí mismo y que no conoce casi nada por su propia observación o pensamiento. Y que con frecuencia, más que pensar sobre cuestiones religiosas, filosóficas o políticas, escoge el tópico que resulta más atractivo para su carácter y clase social y tiende a adoptar uno u otro de los muchos estereotipos que se le ofrecen, antes que extraer sus conclusiones de un pensamiento propio. Frente a éste, el hombre primitivo posee poquísima instrucción − en el sentido moderno de pasar cierto tiempo en un centro de enseñanza − y por tanto se ve obligado a observar por sí mismo y a aprender de sus observaciones, a sobrevivir gracias a la adquisición de ciertas habilidades por su propia obra y acción. En este sentido, podemos afirmar que “primitivizarse” supondría recuperar la parte que hemos perdido de nuestra capacidad − la de la especie − de aprendizaje social frente al mero aprendizaje académico, entendido el primero como “un proceso de adaptación cultural acumulativa a medida que los individuos eligen la mejor de entre una serie de opciones, la perfeccionan o la combinan con otras”[6].

La ciencia constituye sin duda un excelente instrumento para este cometido. Para, con modestia, mejorar las actitudes críticas, frente al sometimiento que supone la mera aceptación de los dogmas. En definitiva, utilizar el pensamiento científico para enfrentarse a la búsqueda de la verdad en la cotidianeidad de nuestras vidas, pero sin perder, como recomienda Perutz a los propios científicos, la humildad, sabiendo que la certeza absoluta está más allá de nuestras posibilidades[7]. Humildad que se articula bien con el uso de la persuasión, frente a la imposición, como vía eficaz para la inclusión de la ciencia en el debate social, político y económico, para el acercamiento de la ciencia a la ciudadanía y viceversa. Persuasión e inclusión, dos palabras clave para Marco Perduca, otro de los contertulios en el seminario que sirve de introducción a este artículo.

En definitiva, frente al aforismo según el cual la información es poder, estoy más de acuerdo con Harari cuando afirma que “en un mundo inundado de información irrelevante, la claridad es poder”[8]. La claridad que proporciona la aplicación de los procesos de exploración, identificación, caracterización, acumulación y síntesis”[9], la capacidad de filtrar, analizar e interpretar la información disponible.


[1] https://www.sciencemag.org/custom-publishing/webinars/weaponizing-science-greater-good
[2] Armando Menéndez Viso. Razones y política (científica).  https://aeac.science/razones-y-politica-cientifica/
[3] Armando Menéndez Viso y Emilio Muñoz. Ciencia, autoridad y prudencia. Responsabilidad y convicción. Sistema Digital.  https://www.fundacionsistema.com/ciencia-autoridad-y-prudencia-responsabilidad-y-conviccion/
[4] Albert Camus. El hombre rebelde. Alianza Editorial.
[5] Erich Fromm. Del tener al ser. Ediciones Paidós.
[6] Mark Pagel. Conectados por la cultura. Historia natural de la civilización. RBA Libros.
[7] Ver: Max F. Perutz. ¿Es necesaria la ciencia? Editorial España-Calpe; y sus referencias a Karl Popper y Peter Medawar.
[8] Yuval Hoah Harari. 21 lecciones para el siglo XXI. Editorial Debate.
[9] Emilio Muñoz. Contraindicaciones de las políticas de identidad: Críticas, propuestas desde la interdisciplinariedad.  https://aeac.science/contraindicaciones-identidad/

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