La margarita no es una flor.

Por Borja Sánchez.

Me quiere, no me quiere, me quiere, no me quiere… Quién no asocia esta secuencia de palabras a una historia donde una persona enamorada de otra -crush se dice ahora- coge una margarita (Bellis perennis L., 1753) en una mano, mira fíjamente hacia ella, y con la otra mano comienza a arrancarle secuencialmente sus “pétalos”, realizando una especie de apuesta en la que confía a los designios del azar -y del último “pétalo”- si su ser amado le corresponde o no.

La primera pregunta que me surge es… ¿hace falta destruir una pobre margarita para resolver estos acertijos amorosos? Si esta persona tuviese unas mínimas nociones de matemáticas, sabría que no, no hace falta cargarse a la pobre margarita, con saber si ésta tiene un número par o impar de “pétalos” sólo habría que escoger el primer “pétalo”, comenzar por me quiere si su número es impar, y por no me quiere si es par… ¡excelente, las matemáticas nos ayudan en nuestra vida sentimental y evitan que devastemos a la pobre e indefensa margarita!

Vamos un poco más allá. Supongamos que nuestra sufrida y enamorada persona combina conocimientos de matemáticas y botánica. En este caso sabría que las margaritas tienen un número de “pétalos” que se corresponden con la serie de Fibonacci, que son una sucesión de números que cumplen la regla de ser la suma de los dos precedentes, empezando por el 0 y por el 1. Esto es, las margaritas tienen un número de “pétalos” a escoger entre la serie que sigue: 0, 1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, 34, 55, 89, 144, 233, 377, 610, 987… Por tanto, simplemente se trata de adivinar el número de “pétalos”, ver si es par o impar, y comenzar con la forma afirmativa o negativa de la oración para finalizar con el tan deseado “me quiere”. De hecho, como las combinaciones impares a partir de 13 ganan por mayoría, puede arriesgarse a comenzar por “me quiere”. Insisto, sin aniquilar a la pobre “flor”.

Pero qué narices, vamos todavía un poco más allá. Profundicemos en el plano botánico y abordemos el tema de este artículo, ¿y si les digo que la margarita no es una flor? Se quedarían como me quedé yo hace más de 20 años cuando descubrí que no lo era. Les cuento, corría el año 1998 y recuerdo cómo, con 18 añitos y cursando botánica en primer curso de la licenciatura de Biología en la Universidad de Oviedo, la doctora María del Carmen Fernández-Carvajal nos soltó aquello de que la margarita no era una flor, ante la estupefacción de la sala. Tal afirmación respondía al fin didáctico de introducir el tema de las inflorescencias.

Realmente la margarita no es una flor, es un tipo de inflorescencia llamada capítulo, una flor compleja formada a partir de muchas flores. Esto no es sólo cosa de las margaritas, sino de todas las especies pertenecientes a su familia, las Asteraceae o compuestas. Esta familia comprende además de las margaritas unas 25.000 especies entre las que podemos destacar la lechuga (Lactuca sativa L.), la alcachofa (Cynara scolymus L.), el girasol (Helianthus annus L., 1753), la manzanilla (Chamomilla recutita L.), el diente de león (Taraxacum officinale (L.) Weber ex F.H.Wigg., Prim. Fl. Holsat., 56, 1780) etc.

La “flor” de la margarita supone añadir un paso de complejidad evolutiva a las flores solitarias. En el caso de las margaritas (y de las otras asteráceas) existen dos tipos de flores, unas externas y radiales o lígulas (blancas) y otras que forman el disco o flósculos (amarillas), como se observa en la siguiente imagen:

Todas estas flores presentan cinco pétalos fusionados, por lo que se las denomina flores pentámeras. Las flores radiales, blancas, suelen ser flores femeninas y su corola asimétrica recuerda al pétalo de una flor típica. Las flores del disco, amarillas, suelen ser flores hermafroditas y su corola tubular y simétrica hace que parezcan pequeños botones.

Decimos que estas inflorescencias son formas muy evolucionadas de flores. Una de las adaptaciones más sorprendentes de los capítulos es que las flores que lo forman tienen una maduración diferenciada en el tiempo, con lo que se consigue evitar la autopolinización y las a la larga nefastas consecuencias para la variabilidad genética que esto tiene en la población. Las flores maduran de forma centrípeta, de fuera hacia dentro, por eso el disco presenta a veces una coloración más oscura cuanto más en el interior. Esto puede apreciarse claramente en la siguiente imagen, en la que se observa que las flores del interior del disco aún no se han abierto:

El fruto de las margaritas se denomina aquenio, y se propaga por el viento o por los animales. Seguro que nunca se han fijado en los frutos de las margaritas (son realmente minúsculos), pero estoy seguro que sí se han fijado en los del diente de león, con sus peculiares apéndices que facilitan justamente su dispersión por el viento. Discúlpenme que no haya encontrado ninguna imagen de tan típica escena libre de derechos de autor:

En conclusión, si usted decide no aplicar las matemáticas y apuesta en cambio por destrozar una margarita, no está arrancando pétalos, está arrancando flores llamadas lígulas. Por cierto, tampoco el anturio, que es una de las plantas ornamentales más vendidas del mundo, o la cala son verdaderas flores (eso es tema de otro capítulo -permítaseme la broma fácil-). Y termino, si se quieren sentir como nos sentimos un grupo de estudiantes aquel día que, en la Facultad de Biología de la Universidad de Oviedo, descubrimos que la margarita no es una flor, les reto a escribir su propio artículo en respuesta a la siguiente pregunta: ¿sabían que la fresa no es una fruta?

Las cosas en la naturaleza no siempre son lo que parecen.

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