Microplásticos: un peligro oculto.

Por Natalia Mayordomo Herranz, Investigadora en el Instituto de Recursos de la Ecología, Helmholtz-Zentrum Dresden-Rossendorf (Alemania).

Estoy segura de que muchos de vosotros habéis oído más de una vez la palabra microplástico durante este año, ¡y no es para menos! Tanto ha sido su uso, que la Fundéu BBVA, una asociación encargada del buen uso del español, la ha elegido la palabra del año 2018.

Pero permitidme recordaros qué es un plástico antes de definir microplástico. Plástico es la palabra usada cotidianamente para denominar a los polímeros sintéticos, cuya etimología proviene del griego πολύς (poli, muchos) y μέρος (meros, unidad) y que, como su nombre indica, son sustancias constituidas por dos o más unidades que se repiten a lo largo de una cadena. Los polímeros sintéticos proceden generalmente de derivados del petróleo y tienen propiedades plásticas, es decir, que se moldean frente a fuerzas mecánicas como la elongación o cizalla. Como ejemplos dentro de esta categoría, nos encontramos con materiales tan conocidos como el polietileno, polipropileno, polimetacrilato o poliestireno, que forman parte de la mayor parte de nuestros utensilios de uso común y cuya completa degradación requiere siglos.

El primer uso del terminó microplástico apareció en un artículo de la revista Science,1 aunque su actual definición la ha dado la Administración Atmosférica y Oceánica Nacional de los Estados Unidos (NOAA por sus siglas en inglés).2 Se denomina microplástico a un plástico cuya máxima longitud no excede los 5 mm y que tiene su origen en un vertido doméstico. Los microplásticos están presentes en dichos vertidos bien sea por su uso en materiales cosméticos, medicamentos o productos de limpieza que los contienen y que desechamos cada día en las alcantarillas y/o por la degradación de plásticos perceptibles a simple vista que han sido arrojados al océano, como contenedores de líquidos o embalajes (tratar al océano como el vertedero de la humanidad es tristemente todavía una realidad).

Los microplásticos fueron encontrados por primera vez en la costa de Nueva Inglaterra, Estados Unidos, en los años 703 y desde entonces, no ha parado de registrarse su presencia en océanos, ríos y manantiales. Además, en un estudio reciente se han detectado microplásticos en el 93% de 259 botellas de aguas procedentes de 11 marcas diferentes.4 En dicho artículo, se han registrado una media de 10.4 partículas entre 0.1 mm y 5 mm por litro de agua y un promedio de 314 de partículas con tamaño menor a los 0.1 mm.

Como en multitud de ocasiones, los humanos utilizamos materiales cuyo efecto en el medio ambiente o en el organismo no se conoce en su totalidad. En este caso, a parte del material plástico por sí, los microplásticos pueden contener aditivos (retardantes de llama, recubrimientos, colorantes, etc), que podrían liberarse lentamente, tanto en el medio ambiente como en los seres vivos tras haber sido ingeridos. De forma que, la emisión inconsciente de microplásticos puede influir de manera imprevisible en el ecosistema.

Desgraciadamente, en la actualidad ya existe un problema ecológico. Por un lado, se ha observado que multitud de cadáveres de aves o peces contienen microplásticos y plásticos en su organismo, suponiendo su inclusión en la cadena trófica; además, igual o más peligroso es la ingesta de microplásticos de tamaño menor a los 0.1 mm (los denominados nanoplásticos) ya que, por sus reducidas dimensiones, podrían atravesar las paredes de la célula y provocar alteraciones funcionales y estructurales. Por otro lado, el efecto de los microplásticos en el medioambiente es preocupante porque pueden actuar como un vehículo de transporte de sustancias nocivas, contaminar suelos y aguas y producir impacto visual en el entorno.

Por ahora, la ciencia e investigación está tomando cartas en el asunto y numerosos artículos recogen tanto métodos de detección y eliminación, así como estrategias de reducción en la emisión.5,6 La importancia y urgencia de buscar soluciones frente a este problema común se demuestra en el incremento exponencial del número publicaciones científicas que tratan sobre el tema, como se observa en la figura.


Número de artículos publicados relacionados con los microplásticos por año. Gráfico basado en los resultados generados tras la búsqueda en Web of Science (elaboración: NMH).

Finalmente, y no menos importante, aunque queda mucho por hacer y estudiar respecto a este tema, individualmente todos podemos lograr que la emisión de microplásticos se reduzca. Seamos conscientes de lo que compramos, vertimos por el sumidero y de sus posibles repercusiones en el entorno para así evitar que el problema siga en aumento.

Bibliografía

(1)       Thompson, R. C.; Olsen, Y.; Mitchell, R. P.; Davis, A.; Rowland, S. J.; John, A. W. G.; Mcgonigle, D.; Russell, A. E. Lost at Sea : Where Is All the Plastic ? Science (80-. ). 2004, 304 (May), 838.

(2)       Arthur, C.; Baker, J.; Bamford, H. Proceedings of the International Research Workshop on the Occurrence, Effects, and Fate of Microplastic Marine Debris.; 2009.

(3)       Carpenter, E. J.; Anderson, S. L.; Harvey, G. R.; Miklas, H. P.; Peck, B. B. Polystyrene spherules in coastal waters. Science (80-. ). 1972, 17 (4062), 749–750.

(4)       https://www.cbc.ca/news/technology/bottled-water-microplastics-1.4575045.

(5)       Mai, L.; Bao, L.; Shi, L.; Wong, C. S.; Zeng, E. Y. A review of methods for measuring microplastics in aquatic environments. Environ. Sci. Pollut. Res. 2018, 25, 11319–11332.

(6)       Wu, W.; Yang, J.; Criddle, C. S. Microplastics pollution and reduction strategies. Front. Chem. Sci. Eng. 2017, 11 (1), 1–4.

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