RAZONES Y POLÍTICA (CIENTÍFICA)

Créditos: The Unending Attraction of Nature (1970-71).  Dibujo de Max Peintner en forforest.net

Armando Menéndez Viso Universidad de Oviedo, socio promotor de la AEAC [i]

El político es el ámbito de lo complejo por antonomasia, pues en él concurren lo factible y lo ideal, lo individual y lo social, lo natural y lo cultural. Debería, por tanto, ser el terreno más propicio para la ponderación. Pero hoy más bien parece una cancha. Aunque a esta se le llame a veces terreno de juego, últimamente se está extendiendo el nombre de arena, siguiendo dócilmente una curiosa moda anglófona de vuelta a lo latino (aquí en su sentido propio, es decir, de los romanos). Y no es accidental: en la arena del circo se moría o se mataba, y esa lógica tan poco razonable es la que se está imponiendo a través de una concepción de la discusión que consiste en un pugilato en el que prevalece quien demuestra, o por lo menos aparenta, tener la razón que niega a sus oponentes. De ahí que se la llame debate, cosa que el Diccionario equipara con “contienda, lucha, combate”. En la política actual, esta representación agonal es la que ocupa más espacio en las pantallas, y por ende en las cabezas. Protagonistas y espectadores de la política actúan como en el fútbol, con la certeza de que ganar da la razón. “Ahí están los resultados”, diría un entrenador. Sin embargo, que una discusión tenga que acabar en victoria o derrota es síntoma de un uso sesgado de aquello que las partes contendientes reclaman para sí: la razón. 

Una razón es, en origen, una proporción. Eso es lo que designaba el vocablo latino ratio, del que deriva. Establecer una proporción, una razón, requiere al menos dos términos y alguna operación que los conecte. Si hablamos de un sólido, conocer sus proporciones exige saber sus dimensiones; si nos ocupamos de los precios de mercancías intercambiables, necesitamos el valor de una y otra; si queremos cocinar, precisamos ciertos ingredientes en determinadas cantidades, etc. En general, razonar es proporcionar, medir (dimensionar, dirían en las escuelas de negocios) y su resultado es una razón. Esta, por tanto, nace de una acción, de un proceso: es algo a lo que se llega al final de una serie de operaciones de contraste. En este sentido, no puede hablarse de la razón,sino solamente de razones en plural, relativas y concretas, obtenidas mediante alguna acción y tras un tiempo. Razonar es discurrir, transcurrir, articular palabras, ideas y realidades. Por eso todos estos conceptos podían designarse en griego clásico mediante un solo vocablo: logos. De ahí que la lógica sea considerada el paradigma del razonamiento. Y de ahí también que Aristóteles definiera al ser humano como un animal racional, es decir, dotado de logos, de palabra.

Por las normales derivas metonímicas, se da también el nombre de razón a la facultad que permite discurrir, juzgar o hablar con sentido. Esta razón es la que se guarda con el equilibrio mental y se pierde, al parecer, con la insania. Es también la que Santo Tomás identificaba con el entendimiento, la que Kant investigó en sus famosas críticas o la que, más cerca de nosotros, Javier Muguerza dejó sin esperanza. Es además la razón que necesita ejercitarse y que puede tener alguna influencia sobre impulsos (el corazón, las entrañas, el inconsciente, el conjunto de cerebro reptiliano y sistema límbico, o como se quiera llamar) que de otra manera dominarían la acción. Este uso del término, tan apropiado como el anterior, posibilita identificarlo con la capacidad de acceder al conocimiento o a la verdad y, consiguientemente, con la verdad misma. Es decir, permite hablar de la razón y abre la puerta a la ortodoxia.

Quienes se dedican a lo que hoy llamamos política pueden escoger entre utilizar las razones en el primer sentido o apelar a la razón en el segundo. Parece que esto último ha encontrado mayor aceptación. Querer tener larazón frente a otras personas (cada una con su capacidad de razonar) es desear derrotarlas por destierro a la locura o el error, es pretender estar del lado de una verdad que se niega completamente al partido contrario. La posición unificada, la ortodoxia, es siempre cómoda para apretar las filas (de nuevo una metáfora deportivo-militar), lo que suele resultar conveniente en las organizaciones políticas. Además no choca frontalmente con las razones, pues, cuando se trata de ponderaciones sencillas, es muy fácil asentir y por eso mismo deslizarse hacia la creencia de que hay una solución óptima. ¿Quién puede rechazar lo mejor sin ser despreciado por irracional? Y, sin embargo, ¡qué difícil es hallar ejemplos de ponderaciones inequívocas! Ni siquiera las verdades científicas mejor establecidas escapan a una cierta matización, que incluye cuando menos un cierto nivel de abstracción o unas circunstancias bien controladas.

Las razones en plural encajan mejor que la razón singular en la vida de la polis, que no se deja acotar tan fácilmente y desborda repetidamente cualquier marco desde el que se quiera juzgar. Cuanto más simple sea este, antes se verá desbaratado. El más simple de todos, el binario, es el menos justificado, por más que estemos en la era digital y sea el preferido de la industria audiovisual norteamericana y de las «redes sociales». Por ejemplo, si se quiere discutir sobre la renta básica universal, hay más posibilidades que defenderla u oponerse a ella, que considerarla buena o mala, porque cabe ponderar el término universal, la cuantía de la renta, su origen, las condiciones en las que aplicarla, etc. Hay razones para defender varias posiciones, pero la razón no lleva inequívocamente a una de ellas ni la descarta. Y lo mismo ocurre con casi cualquier propuesta política. Por eso en la política hay partidos: no porque contender sea parte de su esencia, sino porque la realidad permite múltiples destinos y múltiples caminos para llegar al mismo sitio. Incluso en casos relativamente sencillos, el éxito político exige discurrir. Si, pongamos, un hermoso puente que venga a resolver la incomunicación entre dos barrios no cuenta con la aprobación de los vecinos (porque su suelo resulta demasiado resbaladizo, es un decir), no se hará o no se usará hasta que se atiendan las razones de esos vecinos (por ejemplo, hasta que se instale un pavimento antideslizante). No atender a razones es uno de los pocos pecados mortales en la acción política, pero no porque sea inmoral, sino porque no es práctico: cuando se obra sin razonar, se está dando la bienvenida al fracaso.

Errar es más fácil que acertar cuando se trata de construir algo bueno en una situación compleja. Acertar supone elegir lo apropiado para realizar algo querido cuando los cursos que llevan hasta ello son inciertos. Supone conocer las circunstancias y asumir riesgos. Lo posible está estrechado por límites físicos y sociales que no se dejan mover. La acción política propiamente dicha tiene lugar en esa angostura. La pluralidad de las razones, unida a la rareza de la oportunidad (lo que los griegos clásicos llamaban kairós), fuerza a desechar el sueño de la realización de lo óptimo. Hay decisiones mejores y peores, ciertamente, pero no suele haber una alternativa absolutamente mejor que todas las demás. Además, la ponderación de una decisión requiere distancia, necesita que el tiempo corra y permita ver adónde ha ido llevando el curso de acción comenzado con la decisión en cuestión. Y aun en la distancia habrá razones para juzgar la misma acción muy distintamente. Ahora que estamos celebrando los setenta y cinco años del Día D, cuando ya no queda casi nadie de los que desembarcaron en Normandía, ¿podemos emitir una ponderación unánime sobre esa acción militar, una de las más decisivas de la historia reciente?  Tuvo resultados deseables pero, ¿no podría haberse llegado al mismo desenlace de otra forma menos cruenta?

Es fácil decir que sí. Pero también asegurar que no, que el desembarco fue un mal menor, un sacrificio en aras de un bien mayor. Y es que hay razones diversas para ponderar, para medir esa acción compleja. El mal menor no es un mal necesario: es la otra cara del bien mayor y frecuentemente (por no decir siempre) a lo más que se puede aspirar en el ejercicio político. El bien mayor no reside en lo que se puede imaginar o soñar, sino en algo que se pueda realizar. Si las cosas no se pueden hacer de otra manera, el mal menor no es la alternativa al bien mayor, no es una renuncia a nada, sino el mayor bien que puede hacerse. Porque, si hubiera una alternativa menos dañosa, entonces no podría llamarse a la elegida el mal menor. El mal menor es el bien posible ponderado, es la aceptación de que el mayor bien imaginado resulta con frecuencia imposible, porque no puede quebrantar los límites del mundo físico o del pertinaz tejido de nuestras formas sociales. Ya decía Leibniz, sin asomo de la candidez que Voltaire astutamente le atribuyó, que estamos condenados a vivir en el mejor de los mundos posibles.

El término proporción tiene, entre sus varias acepciones, dos que hoy están quedando en desuso: “disposición u oportunidad para hacer o lograr algo” y “coyuntura, conveniencia”. Esto es lo que la buena política tiene que aprovechar cuando es razonable. Identificar la conveniencia, entrever las oportunidades, distinguir las circunstancias requiere entendimiento, que proviene del razonar. El arte de razonar es lo que aplican por antonomasia las ciencias (en el sentido más amplio del término, que incluye la filosofía natural, pero también el derecho, la historia, la metafísica, …), que son el resultado de medir (de establecer razones) con rigor y lo opuesto a utilizar una cierta facultad de juzgar como un martillo. Las ciencias y las políticas razonables son las ponderadas, las comedidas. Mal que pueda pesar en algunos ánimos, la política no es fútbol porque no consiste en ganar sino, si acaso, en jugar o, para ser más precisos, en mantener la posibilidad de jugar. Imponer la razón, querer todo o nada, es sumergirse en una lógica absolutista que no resulta demasiado compatible con las sociedades democráticas que, al menos de palabra, se defienden. La política como debate (en el mejor de los casos enarbolando la maza de la razón) no casa bien con la política razonable y representa la opción del homo homini lupus frente al zoon politikon. Las operaciones políticas racionales son en su mayoría habladas: coloquios, conversaciones, charlas, diálogos, conferencias, incluso arengas. Las diatribas (sinónimo heleno de debates) son, sí, un tipo de discurso pero violento y contra alguien o algo. ¿En qué queda convertida la política si ellas se vuelven su modo principal? Quizá en algo parecido a aquello de Vinnie Jones, centrocampista que no destacó precisamente por su sutileza en el campo: «Ganar no es importante, siempre y cuando ganes».


[i] Este trabajo se ha realizado dentro del proyecto de investigación «Praxeología de la cultura científica: concepto y dimensiones», financiado por el Gobierno de España (MINECO-18-FFI2017-82217-C2-1-1).

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