Complejidad, Ciencia y Política

Nota introductoria

Por Emilio Muñoz

La sección Diálogos entre ciencia y democracia tiene ya una historia acreditada de análisis sustentada en el pensamiento crítico que persiguiendo la oportunidad, la sensibilidad, la relevancia de los temas tratados ha conseguido mantener una trayectoria bajo la perspectiva de calidad y responsabilidad ética y moral.

Los primeros cien días de Trump en la Casa Blanca, según denuncia el domingo 27de abril un medio de comunicación de tirada nacional, han configurado un ambiente de miedo, caos y abusos de poder, lo que podríamos llamar un” ecosistema humano deletéreo” para el ejercicio de la democracia. Paradójicamente, el fin de este periodo ha coincidido con la muerte del Papa Francisco al que casi unánimemente se le ha ponderado como un papa que ha promovido la esperanza. Estamos ante una situación de complejidad que reclama reflexión y el compromiso de la responsabilidad

He pensado que el socio fundador de la AEAC y miembro de su Consejo Consultivo, Armando Menéndez, pudiera escribir en estos momentos de sensación de cataclismo, un texto para ayudar a la sociedad en modular este rumbo. Armando es filósofo y economista, ha sido y es un fiel colaborador en proyectos transversales, que exploran la colaboración entre disciplinas y que se apoyan en instrumentos multidisciplinares. Aquí tenemos este esfuerzo al que he prestado algunas ideas y en el que confiamos para seguir cumpliendo con los objetivos de la sección y sobre todo de la AEAC.

Por Armando Menéndez Viso

Introducción: transitando por la órbita de la complejidad

En 2008, Dan Ariely se hizo muy popular con sus estudios sobre la (ir)racionalidad humana que publicó ese año en Predictably Irrational (Harper)- En sus divertidas conferencias (una de ellas, en TED, puede verse aquí), solía contar el resultado de una encuesta realizada a profesionales de la medicina. En ella se proponía el caso de un paciente de 67 años con fuertes dolores de cadera, a quien se había aplicado varios tratamientos sin éxito, de manera que, finalmente, se había decidido operarle. A un grupo de profesionales se le ponía en la siguiente situación: si, de camino al quirófano, advirtiera que no se había tratado al paciente con ibuprofeno, ¿qué haría: continuaría con el procedimiento o probaría primero a administrar ibuprofeno? La mayoría optaba por lo segundo. A otro grupo se le presentaba un dilema ligeramente diferente: si, de camino al quirófano, advirtiera que no se había tratado al paciente ni con ibuprofeno ni con piroxicam, ¿qué haría: continuaría con el procedimiento o probaría primero a administrar los dos tratamientos omitidos? En este caso, la mayoría optaba por continuar con el procedimiento quirúrgico. ¿Por qué ocurre esto? Porque la segunda pregunta añade mayor complejidad a la decisión de suspender la operación. Cuando el público sonríe ante este resultado paradójico, Ariely mismo se encarga de subrayar lo que tiene de alarmante.

 

Muy frecuentemente la complejidad nos paraliza, y tendemos a huir de ella, pero el mundo se empeña en recordarnos que es complejo. Esta característica, que lo hace especialmente atractivo para quien tenga curiosidad y por eso mismo alimenta constantemente la investigación científica, resulta un impedimento para resolver con instrucciones simples muchas encrucijadas cotidianas, algunas de ellas de consecuencias importantes. Esto se percibe fundamentalmente en dos ámbitos, el de la actividad económica y el de la política, que convergen, en realidad, en uno solo: el de la publicidad, o el marketing, si se quiere usar el término anglosajón (que se populariza precisamente por razones publicitarias o mercadotécnicas). En efecto, la mercadotecnia suele tener como meta que decidamos algo rápido y con convencimiento. Por eso su éxito pasa por simplificar, y evitar así que la duda nos haga retroceder o detenernos para reconsiderar la trayectoria que habíamos iniciado. Un buen lema (o eslogan) es el que nos empuja a comprar el producto que anuncia o a votar a la candidatura que lo hace suyo, no el que nos sorprende, nos señala un problema y nos invita a darle alguna vuelta. Mercadotecnia y reflexión apuntan, pues, por su propia constitución, en direcciones opuestas. Pero solo la segunda suele ser mejor compañera si se quiere llegar a decisiones acertadas.

Es verdad que en un día cualquiera hay muchas decisiones que tomar, y que no podemos detenernos a considerar cada una de ellas. Por eso recurrimos a las costumbres, las leyes, los códigos o al criterio de la mayoría o de las personas conocidas para simplificar. Así, cuando vamos a comprar pan, tomar el autobús o cruzar la calle, no pensamos constantemente cómo hacerlo y por qué. De hecho, caeríamos en la locura si ponderásemos cuidadosamente cada una de nuestras decisiones. Pero algunas sí reciben más atención: qué estudiar, qué casa comprar, qué nombre dar a una hija, qué vestir en una entrevista de trabajo, qué decir en unas honras fúnebres… Es lo que Kahneman denomina pensar despacio, frente a pensar rápido (Kahneman, Daniel (2011), Thinking, Fast and Slow. New York: Farrar, Straus and Giroux. Trad. al español (2012), Pensar rápido, pensar despacio. Barcelona: Debate). No es que tomemos mejores decisiones cuando pensamos despacio. De hecho, solemos actuar mejor cuando decidimos automáticamente, sobre todo si tenemos entrenamiento –la jugadora de baloncesto encesta más si no piensa en la trascendencia de la canasta o en su mecánica de tiro mientras lo ejecuta; el conductor comete menos errores si no se tiene que concentrar en cómo presionar el pedal del embrague o accionar la palanca de cambios (cosa que no ocurre, por ejemplo, mientras aprende); etc. Lo que ocurre es que hay decisiones que no pueden automatizarse, no pueden basarse en miles de decisiones previas tomadas con éxito. En ese caso, no queda más remedio que ponderar. Y resulta que la mayoría de decisiones políticas son de esta última clase, por mucho que eso incomode, pues se trata de adoptar medidas en contextos que, por definición, son diferentes de otros anteriores y entrañan multitud de consecuencias, a menudo imprevisibles. Establecer una política fiscal eficaz no es como poner el lavavajillas. No puede serlo.

 

Un trabajo provocador

Sin embargo, a menudo se pretende que lo sea: algoritmos, protocolos y regulaciones se empeñan en reducir a alternativas simples lo que a veces resulta irreductible. Es lo que muestra el resultado de la encuesta de Ariely. Y es lo que nos encontramos cada día, sobre todo en dos ámbitos: el burocrático y el informativo (sea en los formatos más vetustos de la radio, la prensa y la televisión, o en los más volubles de las redes). La investigación científica no es ajena a esta tendencia. Valga como ejemplo un artículo reciente publicado en una revista académica (fundada en 1982) con el precioso título de Politics and the Life Sciences. Se trata de una contribución a una investigación muy potente en los últimos tiempos, que explora la relación entre la arquitectura cerebral y las tendencias políticas. Resulta interesante no tanto por sus conclusiones, que lo son (las personas con diferente ideología política razonan de manera diferente a la hora de elegir qué alimentos comprar), sino sobre todo por las complejas relaciones que señala. A pesar de partir de un marco relativamente simplificador (dos tendencias políticas, demócrata y republicana; dos ámbitos, el ambiental y el fisiológico-genético-neurológico; un contexto de compra sin mayores restricciones; etc.), el texto revela, por un lado, que se puede llegar a la misma decisión (comprar una botella de leche, pongamos) por caminos muy diferentes (neuronalmente hablando), pero también que las relaciones entre arquitectura cerebral, ambiente, herencia, decisiones de compra, alimentación, renta y otras variables son complejas y no tienen lugar en una misma dirección. Resulta tentador (y eso es lo que a veces parece buscarse) establecer una conexión causal simple entre una determinada configuración cerebral y una opción política: es decir, concluir que, si una persona tiene sus neuronas estructuradas de una cierta manera, va a votar a cierto partido. Pero la realidad no se deja reducir a eso: las formas de pensar influyen en la configuración neuronal, que también tiene que ver con los genes, que pueden alterarse según el ambiente, que a su vez padece las consecuencias de las elecciones tomadas por individuos con una estructura neuronal compleja que influye en su modo de pensar, etc. En definitiva, lo que tenemos es una realidad polifacética, urdida en un tupido y delicado tejido cuyos hilos pueden recorrerse en una u otra dirección. Solo podemos encontrar simplicidad si aislamos tramos de algunos de esos hilos y, aun así, a poco que abramos el foco, nos toparemos de nuevo con la urdimbre compleja.

 

Una llamada de atención

Vivimos en una sociedad desnortada y plena de paradojas antrópicas. Cada una de las situaciones que se describen en este articulo reclaman una mayor y mejor comunicación que tenga una base en la verdad científica y en la proyección de la racionalidad, para contrarrestar así los discursos sustentados en las mentiras y la diseminación del odio y la desesperanza., que ocupan una preocupante mayoría de las redes sociales. Coincidiendo con esta necesidad, acrecentada tras la pandemia de la covid-19 y sus consecuencias, existe un florecimiento de comunicadores y divulgadores de la ciencia que acreditan formación neurocientífica, algunas de ellas con capacidad de influir positivamente entre audiencias juveniles [1] .Incluso un comunicador tan reconocido y mediático como Javier Sampedro, entusiasta desde sus inicios de la importancia del ADN y de la genética, ha dado un giro y en su artículo semanal de hace unas semanas, ha glosado a la neurociencia, aunque sin olvidar a los genes y con la referencia a un libro de Leo Zmigrod: The Ideological Brain (Nueva York: Viking). Pero precisamente este texto nos recuerda que no toda emoción descansa en la neurociencia, sino que hay complejidad bioquímica y molecular

 

Reflexión Final

Votar y comprar es simple. Pero sus consecuencias, no. Los asuntos políticos y económicos no pueden desconectarse de los sociales, ecológicos, psicológicos, históricos, fisiológicos, lingüísticos, filosóficos, matemáticos, físicos, biológicos, etc. Por eso la política no puede desligarse de la ciencia –ni la ciencia, de la política.

 

Nota del autor

[1] Crisal  Rodríguez: https://www.baued.es/profesores/crisal-rodriguez¸ Nazareth Castellanos: https://nazarethcastellanos.com/

Autor

Armando Menéndez Viso es profesor titular del Departamento de Filosofía de la Universidad de Oviedo y miembro del Comité Asesor de Política Científica del Principado de Asturias. Es socio fundador de la Asociación Española para el Avance de la Ciencia (AEAC) y miembro de su Consejo Consultivo.

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