Complejidad y fragilidad

La ilustración oscura, el proyecto reaccionario y neofascista que nace en Estados Unidos y que con tanto entusiasmo ha abrazado el terrorífico tándem de Thiel y Trump , parece que alcanza su objetivo y cubre de penumbras y pesadumbres el ámbito (el cielo) sociopolítico de la cultura democrática hasta el extremo de que se está oscureciendo el análisis ponderado de la situación actual, como lo acreditan en mi modesta opinión artículos recientes de analistas muy reputados como Daniel Innenarity¿ambigüedad de supervivencia? y Javier Cercas -¿orgullo y prejuicio?.

En la Asociación Española para el Avance de la Ciencia (AEAC) contamos con la lucidez generosa de nuestro socio fundador y miembro del Consejo Consultivo, filósofo y economista, Armando Menéndez, quien nos ofrece un análisis inspirado en el pensamiento crítico, reflexivo y racional, para abrir y plantear entendimiento y conocimiento, elementos que ayuden a abrir las nubes negras e iluminen la penumbra.

Emilio Muñoz

Por Armando Menéndez Viso

Hace ahora tres décadas, en 1995, Lynn Margulis y su hijo Dorion Sagan dieron a la imprenta What is Life?. El libro, ya un clásico, se abría con una ilustración a doble página: en la derecha, sobre fondo negro, una vista de la Tierra tomada desde el espacio, donde se aprecia África, una porción del Atlántico Sur, la mayor parte del Índico y una Antártida cubierta de nubes; en la izquierda, sobre fondo blanco, una fotografía de bacterias realizada a través de un microscopio con 10.000 aumentos; por debajo de ambas, de lado a lado, la frase: «Between these two realms lies all of life as we know it». Aunque en la primavera de 2025 se ha reavivado (otra vez) el entusiasmo por encontrar algo vivo en otros planetas, la afirmación, sencilla y palmaria, sigue resultando cierta. Toda la vida que conocemos transcurre entre esos dos extremos: el bacteriano y el planetario. ¿Toda? Toda. Aquí no hay aldea gala que se resista: ahí reside toda la vida sobre la que teorizaron Von Uexküll, Darwin, Schrödinger, Vernadski o la propia Margulis, y toda la que habita los versos de Manrique («…los ríos / que van a dar en la mar»), Calderón («que toda la vida es sueño»), Santa Teresa y San Juan de la Cruz («vivo sin vivir en mí») o el gran poeta ovetense, que este año celebraría sus cien («para que yo me llame Ángel González»). La vida se desarrolla en esos dos planos, el de los organismos y el de la cultura (o, si se quiere, el de la biología y el de la biografía) y requiere un tercero: el de lo inanimado. En cada uno de esos tres niveles (que se corresponden con tres fases evolutivas muy comunes en la literatura científica, en particular en el enfoque llamado de la gran historia [1]), y por supuesto en la relación entre ellos, se da algo que normalmente no apreciamos: la complejidad.

 

Durante las últimas décadas se ha tratado de definir esta noción, especialmente en los noventa del siglo pasado, sin que haya consenso sobre lo que significa. No obstante, en obras influyentes sobre el asunto, como las de Chaisson [2], Kauffman [3], Lewin [4], Reeves [5], Waldrop [6] o las del prolijo Edgar Morin [7], la vida aparece siempre como un ejemplo de complejidad. Desde luego, no cabe aquí aventurarse a definir la vida, ni siquiera lo complejo, pero en la identificación entre ambos términos afloran algunos rasgos que permiten apreciar mejor el segundo.

 

En primer lugar, ha de advertirse que, en el sentido en que se usa académicamente, no debe confundirse complejidad con complicación, dificultad o enrevesamiento. Un sudoku o una receta de repollo relleno pueden resultar difíciles de completar, pero no son entidades complejas. Lo complejo no es tal por resultar enmarañado o abstruso, sino por ofrecer múltiples facetas y relaciones entre ellas. Tampoco debe identificarse lo complejo con lo grande: una estrella no es más compleja que un hongo. La complejidad aparece en el entramado, en el tejido entre componentes diversos que dan lugar a algo que no se reduce a su mera yuxtaposición.  Un todo complejo presenta capacidades y vínculos que no se dan en sus partes separadas.

 

Además, la complejidad implica dinamismo. Lo complejo existe gracias al cambio, a la ruptura de la mera inercia. Si el mundo fuera estático, no habría complejidad. Es más, si todo fuera estático, probablemente no habría nada. Desde 1965 sabemos, gracias a Penzias y Wilson, que, contra lo que se había pensado durante miles de años, no hay nada fijo en el universo. El mundo que conocemos, en toda su extensión, está en mudanza permanente desde el momento del Big Bang. Las asociaciones complejas que conforman nuestro mundo se dan en una realidad en movimiento. Esto quiere decir que cualquier estructura estable, cualquier orden, supone un esfuerzo de conservación, un aplazamiento (solo provisional, mal que nos pese) de la segunda ley de la termodinámica. Cualquier todo complejo (un ser vivo, un planeta, una sociedad) necesita energía y capacidad de mantener su estabilidad interna (si no, se desharía). La estabilidad de lo complejo, que tiende a conferir apariencia de solidez, no es fruto de un perfecto encaje estático, de una producción perfecta, sino de un proceso dinámico por el que una pléyade de acciones coordinadas consigue mantener los precarios equilibrios que constituyen el todo. Así pues, la complejidad necesita cambio y, a la vez, continuidad.

 

Esta aparente paradoja hace de lo complejo una fuente constante de perplejidad, pero también de fragilidad, pues toda estructura compleja supone la coordinación de equilibrios interdependientes, lo que implica que romper uno de ellos podría desbaratar el conjunto. Cuanto más complejo es algo, más dependencias supone y, por tanto, más expuesto está al fallo, pues el número de sucesos que pueden ir mal aumenta con la complejidad. Cualquier todo complejo, para llegar a serlo, ha tenido que incorporar cierta flexibilidad, que en lo vivo incluye la capacidad de reponerse, al menos parcialmente. Flexibilidad (o, de otra manera, capacidad de adaptación, de hacer lo mismo por diferentes vías) y capacidad de reparación otorgan resistencia. Un organismo vivo, una sociedad democrática o una red eléctrica son estructuras resistentes (seguir la moda de hoy obligaría a decir resilientes), pero vulnerables. Lo complejo resulta, además, exigente: un coro de mil es un coro desafinado si una sola de sus voces desafina; un organismo no puede vivir si uno solo de sus órganos falla; un plato es incomestible si lo es uno solo de sus ingredientes; etc. Lo extraordinario, pues, no es que los entramados complejos fallen, sino que se mantengan sin sobresaltos. Y no por un defecto de composición, sino precisamente por su propia constitución, que es la que les otorga sus múltiples propiedades. Por eso necesitan cuidado.

 

Sin cuidado, nos exponemos a perder lo que más apreciamos y admiramos, que suele ser complejo: una persona, una pieza musical, un cuadro, un poema, un paisaje, una catedral, una teoría científica, … La complejidad crece si hablamos en abstracto: el ser humano, el universo, las artes, la ciencia, el lenguaje, la biosfera, la vida … Incluso la aparente sencillez que a menudo ponderamos en objetos concretos encierra complejidad: un haiku, E=mc2, el pabellón alemán de Mies van de Rohe, … Puede suponerse que los descuidos se deben a menudo a una objetiva dificultad de percepción: como la complejidad implica el entramado de diferentes niveles o esferas., no es sencillo identificarla. Sin embargo, esto no es del todo cierto. Para apreciar la complejidad no se requiere un pensamiento complejo como el propuesto por Morin: basta un proceso de análisis elemental, o por lo menos de observación (si es que no son lo mismo), que nos permita, no desentrañar cómo funciona cada entramado complejo, sino, simplemente, reconocer que estamos ante uno. El estudio de la realidad, especialmente en esa versión depurada que hemos dado en llamar ciencia, no hace otra cosa que revelarnos la complejidad de lo que nos rodea, y aun la nuestra. Es más, la historia de la ciencia podría interpretarse como la de la revelación de la complejidad –paradójicamente producida mediante la búsqueda de la simplificación (el principio, la ley, el patrón, etc.). Y aun la realidad misma podría verse como un desarrollo de la complejidad, como ocurre en muchos relatos contemporáneos que empiezan en el Big Bang y acaban en la inteligencia (¿?) artificial. Si resulta relativamente sencillo asumir la complejidad, ¿por qué no se hace lo mismo con la fragilidad?

 

Los seres humanos sabemos de nuestra precariedad desde la noche de los tiempos, incluso seguimos declarándola individualmente en las ocasiones más graves (no somos nada). Pero las estructuras sociales y las costumbres instaladas en el Occidente contemporáneo contradicen esa percepción inveterada con una conducta colectiva que afecta cada vez con mayor intensidad todos los ámbitos complejos (desde las bacterias hasta el planeta, y aun más allá). El comportamiento (dícese también «modo de vida») imperante ha abrazado con fuerza los versos calderonianos («¿Qué es la vida? Un frenesí / ¿Qué es la vida? Una ilusión), con una narrativa que no desborda la de una historieta o una película de superhéroes. Tal vez sea bueno, por tanto, comenzar por cambiar el relato, o por lo menos sus personajes.

 

La fragilidad que entraña lo bueno y lo bello no se compagina con la dureza y la agresividad que parecen admirarse hoy en la práctica política, empresarial y mediática. Requiere más bien blandura, curiosidad, observación, paciencia, humildad, respeto o apertura, que son actitudes que afloran normalmente en el trabajo comunitario (de una casa, una orquesta, una ONG, un proyecto científico o técnico, un equipo deportivo, …), y no encuentran suelo fértil en la vida replegada, apantallada. Quizá algunos malestares del presente tengan que ver precisamente con no estar en disposición (física y anímica) de percibir la complejidad y asumirla, tal vez porque la complejidad desenmascara las simplificaciones que interesan a la propaganda política y mercantil. El simplismo es estéril y, como diría un informe forense que siguiera la moda eufemística y perifrástica hoy imperante, «incompatible con la vida». Esta última exige lidiar con la fragilidad, la incertidumbre y el error, algo más esforzado pero mucho más enriquecedor.

 

Por eso es preciso, también y especialmente ahora, dar crédito a quienes se entregan a cualquier institución compleja, como el servicio público, y apreciar lo extraordinario de la quietud, de la normalidad. Sí, lo pasmoso no es que un día nos quedemos sin electricidad, sino que disfrutemos de ella sin interrupciones durante horas, días e incluso años; lo increíble no es que la inmoralidad venza las voluntades de personas con poder político, sino que los gobiernos y las administraciones hagan su labor correcta y eficazmente; lo excepcional no es que estalle una guerra aquí o allá, sino que una generación pueda completar su vida en paz; etc. Toda la vida que conocemos, desde la más pequeña de las bacterias hasta la biosfera en su conjunto, requiere acción, pide cuidado.

Referencias

[1] Véase, por ejemplo, Fred Spier (2015), Big History and the Future of Humanity, 2nd Edition. Chichester: John Wiley & Sons; pp. 48 y ss.

[2] (2001), Cosmic evolution: The Rise of Complexity in Nature. Cambridge, Mass.: Harvard University Press.

[3] (1995), At Home in the Universe: The Search for Laws of Complexity. Londres: Viking.

[4] (1993), Complexity: Life at the Edge of Chaos. Londres: J. M. Dent.

[5] (1991), The Hour of Our Delight: Cosmic Evolution, Order, and Complexity. Nueva York: W.H. Freeman & Co.

[6] (1992), Complexity: The Emerging Science at the Edge of Order and Chaos. Londres: Viking.

[7] (1990), Introducción al pensamiento complejo. Madrid: Gedisa; (1999), Intelligence de la complexité. París: L’Harmattan; (2008), La complexité humaine. París: Flammarion.

Autor

Armando Menéndez Viso es profesor titular del Departamento de Filosofía de la Universidad de Oviedo. Es socio promotor de la Asociación Española para el Avance de la Ciencia (AEAC) y miembro de su Consejo Consultivo.

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