El diálogo entre la ciencia y la actividad económica: Joel Mokyr, Philippe Aghion y Peter Howitt, Premios Nobel de Economía 2025
De nuevo, la AEAC, por la vía de esta sección, se convierte en espejo y altavoz de los premios Nobel de 2025. Esta vez se refiere a la economía, un premio Nobel moderno que otorga el Comité Nobel y no la academia. Para ello, en AEAC tenemos la suerte de contar con Santiago López, uno de los vicepresidentes y asimismo economista de cabecera de la AEAC. Por lo tanto, todo el proceso de edición ha trascurrido en el seno de la asociación, y no tenemos que poner un título ni firmar la entradilla, respetando las reglas instauradas por Víctor Ladero, nuestro responsable de la edición de la plataforma: las entradillas no deben competir ni ocultar el cuerpo del articulo y el nombre del autor.
A pesar de nuestra distancia generacional, he compartido con Santiago la pasión por las políticas científicas y tecnológicas, a lo que durante bastante tiempo se unió el respeto por los economistas evolucionistas y los sociólogos del cambio técnico o actor red,como Bruno Latour y Michel Callon.
Sin embargo, a partir de la caída del Muro de Berlín y de las reacciones históricas e histéricas de Fukuyama, y sobre todo de la crisis económica de 2007-2008, empecé a cuestionarme la economía en su vertiente científica, siguiendo la estela de pensadores críticos como el filósofo y físico Mario Bunge, vicisitudes y veleidades de las que quizás existen huellas en el detective buscador Google.
No obstante, el premio del Comité Nobel en economía de 2025 es un signo de restauración de la confianza en la ciencia económica como Santiago muestra y para consolidar me pide que incluya en este texto, lo que hago no por amistad o simpatía sino por la mezcla de la ética hibrida, que dirige algunos de mis análisis, de la convicción y la responsabilidad de Max Weber, (sobre la cual en una consulta en Google ahora se ofrece una síntesis gracias a la IA).
– El Premio Nobel de 2025 galardona (reconoce) la alentadora convergencia entre la historia del pensamiento y los modelos formales del crecimiento económico. El mensaje para la comunidad científica es claro y pragmático:
– El crecimiento económico ya no se considera como el resultado pasivo de la acumulación de recursos, sino un proceso dinámico (denominado de destrucción creativa) que se alimenta de la calidad y la fluidez del conocimiento acumulado por la humanidad que, as u vez, se basa a su vez en los valores de la cultura científica.
– En última instancia, Mokyr, Aghion y Howitt nos recuerdan que la riqueza proviene de la capacidad de generar y movilizar conocimiento nuevo. La inversión en investigación básica es el combustible; la libre circulación de ideas y la defensa de la competencia son el motor que transforma ese conocimiento en prosperidad sostenida. Posiblemente los científicos siempre hemos tenido claro este círculo virtuoso, especialmente en tiempos de inenarrables negacionismos, Ilustración oscura y absurdos aranceles.
Introducción: poner la ciencia en el centro
El Comité Nobel otorga el premio de Economía 2025 a Joel Mokyr, Philippe Aghion y Peter Howitt por su capacidad de explicar el crecimiento económico impulsado por la innovación. No es meramente un reconocimiento académico; es en cierta manera un toque de atención para los líderes globales, especialmente los que miran al proteccionismo y a los que callan con su silencio, para dejarles claro que el futuro sigue estando en la I+D, la ciencia y la innovación y no en la en los aranceles y la crítica al multilateralismo.
Este galardón es una advertencia: el crecimiento sostenido no puede darse por sentado, hay que añadir que el encadenamiento de crisis en el que estamos instalados aumenta la incertidumbre. El progreso solo se mantiene si se defienden activamente los mecanismos subyacentes favorecedores de la innovación radical y la adaptación de la sociedad, especialmente de sus empresas y Administraciones Públicas a los cambios. En consecuencia, podemos decir que el trabajo conjunto de estos galardonados -un historiador económico de la tecnología (Mokyr) y dos economistas teóricos (Aghion y Howitt)- establece una hoja de ruta para entender la fuente fundamental de la riqueza en la era moderna: la ciencia y el conocimiento. Su contribución es la formalización de la Teoría del Crecimiento Económico Endógeno, que, a diferencia de modelos anteriores, sitúa la tecnología y la innovación en el centro del sistema como un factor interno y autogenerado.
La evolución del pensamiento económico sobre la ciencia
La economía, como cualquier ciencia de sistemas se basa en funciones. La producción, entendida como una función, definía la riqueza como la suma del capital y el trabajo y los recursos naturales. Sin embargo, esta formulación pronto encontró una limitación que afectaba su capacidad predictiva: la suma acumulada de los factores no explicaba toda la riqueza atesorada ni el ritmo de crecimiento.
La paradoja era la siguiente: si el crecimiento dependía únicamente de la acumulación de capital y trabajo, y ambos estaban sujetos a rendimientos decrecientes, el crecimiento debería eventualmente estancarse. Por el contrario, las economías occidentales habían experimentado un crecimiento sostenido y acelerado. La cuestión clave era averiguar el origen de todos esos cambios en las herramientas y máquinas que se habían ido acumulando por millones.
Fue Robert Solow quien, a mediados de los años cincuenta del siglo XX, cuantificó este misterio. Al realizar las contabilidades nacionales detectó un vasto remanente en el crecimiento que no podía ser explicado por la acumulación de capital físico ni por el aumento de horas de trabajo. Solow apuntó a la inserción de tecnología como el factor explicativo. A partir de aquí se inició una larga carrera en la teoría económica para explicar ese remanente e incluir en la función de producción a la tecnología. Es decir, demostrar que la tecnología no era una variable externa que venía de fuera de la economía a través de la investigación de los científicos, sino una variable interna al sistema económico, generada por acciones humanas intencionadas en favor de la experimentación y la investigación a pie de fábrica. Las pesquisas de Solow fueron completadas por Kenneth Arrow con su aportación sobre lo que él denominó como el «aprendizaje por la práctica» (learning by doing). Para él era este quehacer cotidiano el que va modificando las herramientas y máquinas. Luego llegaría Paul Romer con su idea del acervo común de conocimientos, es decir no solo hay aprendizajes, sino que esos aprendizajes se nutren del conocimiento de los que hubo en el pasado, lo cual va creando una cadena de conocimiento. Pero estas modificaciones de la función de producción parecían demasiado poco convincentes para explicar la avalancha de cambios disruptivos que se manifestaron a finales de los años ochenta con las Tecnologías de la Información y las Telecomunicaciones (TIC).
La dinámica del flujo de innovaciones: la destrucción creativa
La comprensión de la innovación como un proceso no lineal, sino dinámico, retroalimentado y acumulativo, fue la que llevó a los economistas ahora premiados a recuperar a Joseph Alois Schumpeter y su concepto de destrucción creativa desarrollando en los años cuarenta del siglo XX.
Philippe Aghion y Peter Howitt formalizaron la destrucción creativa dentro del marco matemático de la teoría del crecimiento endógeno. Su modelo explica que el crecimiento económico sostenido solo se produce cuando las nuevas tecnologías reemplazan a las antiguas. La innovación no es solo un acto de creación, sino también de destrucción porque transforma sectores enteros y vuelve obsoletas a las empresas y metodologías de producción anteriores. La idea que subyace es la de la existencia de varias carreras tecnológicas que, además, se entrecruzan.
Desde una perspectiva sistémica, el modelo se basa en un ciclo de realimentación positiva y negativa basado en tres criterios:
- Primero, el incentivo a la innovación. Una empresa, al invertir en I+D, busca obtener una nueva tecnología que le confiera un monopolio temporal sobre el mercado (una «renta de innovación»). Esta ganancia es la compensación económica por el riesgo y el coste de la investigación.
- Segundo, el proceso destructivo. El éxito de las innovaciones transforma el mercado, destruyendo la posición de las empresas incumbentes (las que mantienen una posición dominante pero cuya tecnología es obsoleta).
- Tercero, el estímulo a la competencia. Esta «destrucción» obliga a los competidores, tanto a las viejas empresas como a los nuevos entrantes («insurgentes»), a invertir aún más en I+D para desarrollar la siguiente innovación radical y, de esa forma, destruir el monopolio temporal de aquél que empiece a actuar como líder. La entrada de nuevos talentos y competidores es crucial para este dinamismo.
Este ciclo constante de creación y anulación de monopolios temporales, impulsado por la competencia, las leyes de patentes y la búsqueda de una renta de innovación, es el verdadero motor del crecimiento a largo plazo. El mensaje directo que se desprende de este modelo es la necesidad de fomentar activamente la competencia para garantizar la innovación, incluso si eso implica la quiebra y desaparición de empresas. Cuando la competencia es débil y las grandes empresas establecidas dominan sus sectores y programan el ritmo de las mejoras entonces el progreso acumulado desaparece.
La base estructural y cultural: los dones de Atenea
El rol de Joel Mokyr, un historiador en un campo dominado por el formalismo matemático es fundamental. Mokyr se ha llevado el premio por identificar los prerrequisitos culturales e institucionales necesarios para que el proceso dinámico que estudian y formalizan Aghion y Howitt pueda siquiera arrancar y sostenerse.
Para los historiadores, la economía se entiende como un juego de múltiples agentes e instituciones, por tanto, la hipótesis de la decisión racional individual se vuelve secundaria; lo que importa es el entorno que permite la adaptación exitosa de las organizaciones a los entornos cambiantes. En este sentido, Mokyr argumenta que la Revolución Industrial —el punto de inflexión donde el crecimiento despegó de forma sostenida— no fue solo una revolución de máquinas, sino una revolución en la forma de pensar. Para sostener su hipótesis es fundamental la distinción que realiza entre dos tipos de conocimiento:
Conocimiento Proposicional (episteme): es el conocimiento científico que busca entender por qué los fenómenos naturales ocurren. Es el «saber por qué».
Conocimiento Prescriptivo (techne): es el conocimiento práctico o técnico que prescribe cómo hacer algo. Es la «receta» o el «saber cómo».
El crecimiento preindustrial se basaba casi exclusivamente en el conocimiento prescriptivo. Una técnica funcionaba por prueba y error, pero no se necesitaba comprender el principio científico subyacente. Por ello, el avance desde el neolítico hasta el siglo XVIII fue parsimonioso. Fue precisamente desde final de ese siglo cuando la técnica solo fue eficaz y pudo transformarse en tecnología, porque se entendieron los principios científicos en los que se basaba. La tecnología nació de la aplicación rigurosa del método científico (lógica, matemática, experimentación y formulación) al conocimiento práctico. Esto creó un diálogo continuo y bidireccional entre científicos y técnicos/tecnólogos, transformando el proceso de innovación en un proceso continuo e interactivo.
Para que este diálogo entre el saber por qué y el saber cómo ocurriera, se necesitó un cambio en la infraestructura institucional. Mokyr señala tres causas principales:
- La competencia política e institucional. La fragmentación política de Europa generó una competencia virtuosa entre países. El mecenazgo real fue sustituido por el apoyo estatal y ciudadano a la ciencia, resultando de la creación de sociedades científicas, ateneos y nuevos modelos de universidades y academias. La capacidad de experimentación y la tolerancia al error fueron claves.
- La infraestructura de la difusión del conocimiento. Se crearon nuevos sistemas de comunicación que permitieron la transferencia e intercambio de conocimiento a gran escala: servicios postales universales, periódicos, enciclopedias y, crucialmente, las revistas científicas.
- El marco legal en favor del innovador. La propagación de las leyes de propiedad intelectual e industrial proporcionó la seguridad y el incentivo necesarios para que los inventores y empresarios invirtieran el esfuerzo preciso para que los investigadores e ingenieros tradujeran la ciencia en tecnología.
Todo esto se basó en el surgimiento de la República de la Ciencia (un concepto acuñado por Robert Merton), que evolucionó de la République des Lettres del periodo de la Revolución Científica. Esta «República» es, en esencia, el sistema global y abierto de transferencia e intercambio de conocimientos que, según Mokyr, proporciona la base de conocimientos que impulsan la economía.
Los tres consejos para los científicos que se desprenden del premio Nobel de economía 2005
El valor económico de la investigación básica (conocimiento proposicional) se maximiza cuando existen canales activos y eficientes para su traducción en conocimiento prescriptivo (tecnología y técnica). Los científicos no solo deben generar el saber por qué, sino facilitar los mecanismos para que este se incorpore a la práctica productiva.
La vitalidad de la República de la Ciencia —el sistema de publicaciones, sociedades académicas, colaboración internacional y propiedad intelectual— es una precondición para el crecimiento económico. La defensa de la libertad intelectual, la difusión abierta del conocimiento y la ciencia ciudadana suponen, por lo tanto, el mantenimiento de la prosperidad a largo plazo.
El estancamiento se produce cuando el entorno inhibe la competencia y protege a los actores establecidos (incumbentes) de ser reemplazados. Para evitar esto, es indispensable fomentar muchos nuevos talentos y apostar por las tecnologías disruptivas capaces de desafiar nuestras trabas mentales y las estructuras institucionales existentes.
Algunas lecturas de los autores premiados
Aghion, Philippe & Howitt, Peter (1998): Endogenous Growth Theory. Cambridge: The MIT press.
Aghion, Philippe, Antonin, Céline y Bunel, Simon (2021): El poder de la destrucción creativa ¿Qué impulsa el crecimiento económico? [Traducción del original Le pouvoir de la destruction créative (2020)]. Barcelona: Deusto (Planeta).
Mokyr, Joel (1990): The lever of the Riches de Joel Mokyr. London: Oxford University Press
Mokyr, Joel (2002). The Gifts of Athena: Historical Origins of the Knowledge Economy. Princeton University Press
Mokyr, Joel & Voth, Hans-Joachim. (2010). “Understanding Growth in Europe, 1700-1870: Theory and Evidence”, en (Ed.) Stephen Broadberry y Kevin H. O’Rourke, The Cambridge Economic History of Modern Europe, Volume 1: 1700-1870, pp. 7-42. New York: Cambridge University Press.
Santiago M. López es profesor de Historia e Instituciones Económicas y Director del Instituto de Estudios de la Ciencia y la Tecnología de la Universidad de Salamanca. Ha sido socio fundador de la AEAC y es uno de sus vicepresidentes.



