Plurilema informativo para los inicios del siglo XXI: una aproximación desde la perspectiva CTS.

Los autores reflexionan desde una perspectiva de análisis CTS (Ciencia, Tecnología y Sociedad) sobre los múltiples dilemas que se nos plantean para hacer frente a la gran cantidad de información, no siempre veraz, que recibimos tanto desde los medios de comunicación como desde las diferentes redes sociales.

Por Jesús Rey, Victor Ladero y Emilio Muñoz.

Una perspectiva CTS para los dilemas contemporáneos.

El enfoque o paradigma Ciencia, Tecnología y Sociedad (CTS) nace en los años 70 del siglo XX para abordar el estudio, principalmente desde el ámbito académico, de los aspectos sociales de la ciencia y la tecnología, considerando tanto la naturaleza social del conocimiento científico-técnico como sus incidencias en los diferentes ámbitos económicos, sociales, ambientales y culturales [1].

Cinco décadas después, los comienzos del siglo XXI proporcionan abundantes elementos para la aplicación del enfoque CTS, particularmente para el análisis tanto de los avances logrados, como de los diferentes problemas y retos a los que nos están enfrentando las diversas crisis sociales y políticas manifestadas en este período. Desde los atentados terroristas de 2001 en Estados Unidos y las guerras de Afganistán e Irak, pasando por la crisis económica y financiera de 2008 y los años sucesivos, y el ascenso de la posición de poder e influencia mundiales de China, hasta la crisis sanitaria, económica y social provocada por la COVID-19, y las quiebras y amenazas a las que se está viendo sometida la democracia como deliberación pública racional [2], que han culminado en los sucesos acontecidos en el asalto al Capitolio en Washington D.C. el 6 de Enero de 2021, como culmen de un proceso gestado a lo largo del primer y a la postre único mandato de Donald Trump.

Paralelamente, el mundo se enfrenta a múltiples problemas y retos: el calentamiento global y el cambio climático; el reto de la descarbonización y reducción de la contaminación, ligados a la transición energética hacia energías limpias y renovables; el cambio demográfico; el multiculturalismo y el choque de culturas; las migraciones masivas y las consiguientes crisis de refugiados; las tensiones del multilateralismo; la automatización; la creciente desigualdad y disparidad de las rentas y la distribución de la riqueza; la seguridad ciudadana e internacional. Todos ellos se unen a otras crisis globales o pandemias estructurales que afectan históricamente a la humanidad: la pobreza, el hambre, la guerra, el odio racial, la xenofobia, las ideologías y políticas excluyentes, o el machismo y la violencia contra las mujeres.

La interdisciplinaridad y multitud de visiones y perspectivas que requiere el análisis de esta complejidad lleva a que se pueda aplicar la aproximación CTS a un razonamiento argumentativo, y no simplemente narrativo, para el análisis de estas dos primeras décadas del siglo XXI.

Los antedichos retos sitúan a la población mundial ante numerosos problemas que van más allá de los dilemas, es decir, argumentos que están formados por dos proposiciones contrarias, de las que conceder o negar una conduce a probar lo que se quería. El economista Dani Rodrik ha formulado su teoría del trilema, en la que plantea la incompatibilidad de la simultaneidad entre la globalización, la soberanía nacional y la política democrática, con la obligación de escoger dos de entre las tres. En la sociedad actual nos enfrentamos más bien a plurilemas, que plantean elecciones entre múltiples opciones cuyas ventajas e inconvenientes no siempre están claros, no son equiparables o incluso son contradictorios (o aparentan serlo), en una sociedad que ha visto trastornado su modus vivendi y que se siente incapaz de encontrar referentes institucionales o modelos personales (líderes) que le suministren certidumbres y confianza para sentir la seguridad sobre la que vivir.

 

Comunicación, información y conocimiento en la era de las tecnologías de la información

La amplia variedad y difusión de los servicios ligados a Internet han supuesto una revolución en la comunicación, cuyo principal exponente es la universalización del acceso a la creación y transmisión de contenidos. Más de cinco siglos han tenido que pasar desde la invención de la imprenta (1450), y más de uno desde la del fonógrafo y del cinematógrafo (1877 y 1895, respectivamente), para que, a finales del siglo XX, prácticamente cualquier persona (incluso en las zonas geográficamente más aisladas del planeta o en aquellas con menor nivel socio económico) tuviera acceso a un dispositivo que permite crear contenidos y hacerlos llegar a todos los rincones del planeta, a través de sistemas más o menos sofisticados de edición y transmisión de texto, audio y vídeo.

Esta explosión telecomunicativa ha supuesto una auténtica subversión de los modelos clásicos lineales de comunicación, y ha trastocado la asimetría de la información. Las instituciones protagonistas, generadoras y depositarias de la información, así como los medios de información y comunicación tradicionales, compiten ahora, como creadores de opinión y movilizadores sociales, con la pléyade de ciudadanos-autores-editores y ciudadanos-informadores.

 

El trilema de la información y el desistimiento informativo

En cuanto que receptores, los ciudadanos se enfrentan a un trilema que se plantea en torno a las siguientes proposiciones incompatibles y que no pueden adoptarse simultáneamente en el tiempo.

Por un lado, preferir y buscar la información contrastada y veraz. Alternativamente, optar por la burbuja social que, con apariencia de libertad y universalidad, crean las redes sociales, y por la asimilación fácil de eslóganes y mensajes demagógicos y propagandísticos.

Finalmente, existe la opción de desistir de informase; de renunciar a llevar a cabo las acciones necesarias para obtener información contrastada, veraz y útil, de pretender un aislamiento informativo casi imposible en un mundo globalizado.

Las actitudes poco proactivas con respecto a la información se ven auspiciadas por las burbujas informativas amparadas por las redes sociales, que favorecen a su vez la selección de aquella información que corrobora los prejuicios. En ocasiones estas burbujas adquieren dimensiones colosales y pueden crear tendencia, en ese símil biológico de «hacerse virales».

Este desistimiento informativo desemboca finalmente en la ignorancia, que es una de las acepciones de la desinformación. Pero, por otra parte, convierte a las personas y las sociedades en presas fáciles de aquella desinformación consistente en la manipulación intencionada de la información al servicio de determinados fines e intereses. La desinformación busca intencionadamente conformar una realidad paralela, falsa [3], que acaba disputando el espacio, en el imaginario colectivo, a la realidad verdadera, y adquiriendo una fuerza proporcional al número de personas dispuestas a creerla y defenderla. Desinformación que apela a la superstición, las emociones, el desasosiego y el malestar, y que rivaliza con la información veraz, el conocimiento experto y las informaciones que apelan a la razón y al espíritu crítico, y a las instituciones, medios y profesiones que en ellas se sustentan, como la ciencia, el periodismo o los tribunales de justicia.

 

Comunicación y cohesión social. La brecha informativa

La comunicación, que Michel de Montaigne consideraba como «una de las más bellas escuelas que existen» [4], tiene una función de cohesión, de creación de comunidad. Sin embargo, Byung-Chul Han [5] afirma que vivimos en una época en la que predomina una «comunicación sin comunidad», que atomiza la sociedad y no contribuye a la creación de sentimientos comunitarios. Estos sentimientos, como la empatía, la compasión o la responsabilidad social, son fundamentales en la prevención y la respuesta no farmacológica frente a emergencias sanitarias debidas a agentes infecciosos, como es la COVID-19.

Y es que, como nos recuerda Céline Gounder, el sentimiento de comunidad es fundamental para luchar contra la pandemia, porque contribuye a que la gente sea consciente de que las medidas de prevención son la norma social, y es más fácil que la gente haga algo si siente que todo el mundo lo está haciendo. Esta epidemióloga y experta en enfermedades infecciosas, que forma parte del grupo de expertos conformado por el presidente electo de Estados Unidos Joe Biden para ayudar en la respuesta a la pandemia de coronavirus, afirma que «una gran parte de la salud pública es comunicación» [6]. Comunicación orientada a explicar a los ciudadanos las medidas de prevención y de salud pública, y a convencerles de que las interioricen, asuman y lleven a cabo. «¿Cómo convencer a la gente para que usen mascarilla? ¿Cómo difundir el distanciamiento social?»

 

 

 

La desinformación y la falta de información, junto con la falta de formación, favorecen la irresponsabilidad y la imprudencia. El dilema entre la confianza en el conocimiento experto y científico, o en las narrativas populistas, anti-expertos, anticientíficas, negacionistas, puede minar la cohesión social. Cuando esos ‘virales’ a los que nos referíamos anteriormente saltan a la luz pública a través de los medios de comunicación de amplio espectro, pueden crear una brecha social entre los irresponsables e imprudentes y el resto de la población, y generar entre la ciudadanía responsable y prudente un sentimiento de decepción e indignación. Es lo que ocurre, por ejemplo, con las manifestaciones negacionistas de la COVID-19 y las fiestas ilegales e irresponsables que desprecian las más elementales precauciones sanitarias de protección frente al virus.

La desinformación ha tenido un importante papel en la fragmentación de la sociedad británica en relación con el Brexit [7], y de la sociedad estadounidense en relación con los acontecimientos ocurridos en Estados Unidos durante el régimen del presidente Trump, que desembocaron en el cuestionamiento de la victoria electoral de Joe Biden en Noviembre de 2020 y el asalto al Capitolio.

Pero no siempre la desinformación es una actitud. No todos los ciudadanos tienen igual acceso a las fuentes de información, por diferentes motivos. Se genera así una brecha informativa, que está estrechamente relacionada con otras brechas, como la educativa, la laboral o la de cuidados, que conjuntamente reducen la igualdad de oportunidades en el acceso a la información y el conocimiento. Personas cuyas responsabilidades laborales o familiares no les permiten disponer de tiempo para hacer una lectura reposada y atenta, o una escucha alerta de los medios de comunicación. O que, por limitaciones educativas, carecen del necesario nivel de comprensión lectora o de capacidad de análisis crítico de la información que reciben.

Esta brecha informativa juega a favor de las redes sociales, disponibles fácil y permanentemente a través de los ubicuos dispositivos electrónicos denominados ‘inteligentes’. La desinformación y la manipulación, señala Justin Rosenstein, «existían mucho antes de que aparecieran las redes sociales, pero la estructura de las redes y sus algoritmos las favorecen» [8].

En esta brecha informativa subyacen también factores de índole ideológico. La ideologización extrema afecta también a la capacidad de raciocinio y análisis crítico de la realidad, aun en personas con un nivel de formación elevado.

 

Desinformación contra la democracia

El de la desinformación es uno de los principales ataques a los que se están viendo sometidas las democracias.

La desinformación, el engaño y la mentira nacen con la palabra, con el lenguaje, que, como señala José Antonio Marina, «sirve como sustituto de la experiencia, sin ninguna garantía» [9]. Los contenidos electorales legítimos se ven eclipsados, como señala Justin Rosenstein, por las mentiras, el miedo y las teorías de la conspiración, viralizados gracias a los algoritmos y los incentivos de las redes sociales [10], que juegan a favor de los populismos y de los dogmatismos, de sus mensajes simples e insistentes que calan fácilmente en personas que no disponen de los recursos o las capacidades a las que hemos hecho mención.

La construcción social de la realidad y el conocimiento conlleva la compartición de una serie de creencias comunes que sustenten su valor de verdad. Un caso que puede resultar tan obvio o evidente, como es el del valor médico y sanitario de las vacunas, necesita recibir sustento, confianza y legitimidad de un contexto social. El ecosistema de desinformación en el que nos encontramos, que difunde todo tipo de teorías conspirativas, es según Philip Ball uno de los factores involucrados en la desconfianza en la ciencia [11], y un entorno hostil para el conocimiento científico.

Los acontecimientos recientes nos recuerdan con crudeza que los resultados electorales democráticos, la voluntad de los pueblos expresada en las urnas, y la democracia misma, también tienen su legitimidad en peligro, y dependen estrechamente de ese sostén cultural común, de esa creencia compartida.

Las narrativas dogmáticas y los mensajes populistas, autoritarios y fascistas simplificados, que proponen interpretaciones y soluciones sencillas para problemas complejos, a través de contenidos simples y propagandísticos -fácilmente asimilables por quienes se instalan en esa comodidad de la renuncia a informarse, a la interpretación crítica de la información recibida- compiten con provecho, en una situación de asimetría, con los medios de comunicación convencionales, no todos los cuales manifiestan capacidad de adaptación, de resiliencia evolutiva [12]. Manuel Rivas va incluso más allá y afirma percibir que «la prensa convencional está fosilizada» [13].

 

Una resiliencia evolutiva de los medios de comunicación

La ciudadanía, en la lucha contra la pandemia, necesita claridad. Claridad en la toma de decisiones y en su comunicación a los ciudadanos. Parafraseando a Nuval Yoah Harari, en este «mundo inundado de información irrelevante, la claridad es poder» [14]. Poder para enfrentarse a la pandemia. El papel de los medios de comunicación convencionales se antoja aquí y ahora primordial.

Estos medios afrontan sus propios dilemas o multilemas. Por un lado, a la hora de decidir sus estrategias de comunicación y líneas editoriales, en las que influyen diversidad de intereses: económicos, ideológicos, sociales, políticos… Intereses legítimos unos, otros espurios, honestos o indignos, que configuran la selección de contenidos y la asignación de tiempos y espacios. Un ejemplo es el dilema en torno a si debe o no concederse presencia informativa a aquellos discursos de ideología xenófoba, machista o que hacen apología de la violencia, del autoritarismo o del fascismo.

En este contexto, resulta inexcusable, desde un punto de vista democrático, que los medios de comunicación desechen la ideologización y contribuyan a velar por el debate democrático de calidad, sereno, sin lugar para la descalificación gratuita y para el engaño, la mentira y la manipulación burda y sin escrúpulos. Que huyan de convertirse en agentes perturbadores antes que en promotores de la información y el diálogo.

En su contribución a la lucha contra la pandemia, los medios de comunicación de amplio espectro suman, al reto habitual de seleccionar, confirmar y contrastar la información, el de identificar el conocimiento experto, seleccionarlo adecuadamente, filtrarlo y ponerlo a disposición de los ciudadanos. Formatos informativos como las tertulias, en su intento de aproximarse a esta aproximación multidisciplinar, se enfrentan al reto de encontrar el adecuado equilibrio entre contar con colaboradores habituales (poseedores de habilidades comunicativas pero con las limitaciones inherentes a cualquier persona para conocer y contar con la capacidad de opinar y profundizar con rigor y conocimiento en los diversos temas informativos), e incorporar expertos acreditados en los distintos temas. En este sentido, los medios de comunicación tradicionales se enfrentan al reto de adaptarse evolutivamente.

La complejidad de los temas que afectan e interesan a la ciudadanía plantea plurilemas que requieren un abordaje desde visiones multidisciplinares e interdisciplinares, como las que proporcionan los estudios CTS. Por ultimo señalar que hay un armazón teórico descubierto en la lectura del libro «Son molinos, no gigantes» [15]: la teoría argumentativa de la razón o de la razón interactiva, planteada por Sperber y Mercier en su libro ‘The Enigma of Reason’, que ofrece perspectivas de importancia para seguir este camino, al contemplar la razón como una herramienta social imbricada de forma indisoluble a la comunicación.

Autores

Jesús Rey es investigador en el Departamento de Ciencia, Tecnología y Sociedad del Instituto de Filosofía (IFS) del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), y socio fundacional y miembro de la Junta Directiva de la Asociación Española para el Avance de la Ciencia (AEAC).

Víctor Ladero es investigador en el Departamento de Tecnología y Biotecnología del Instituto de Productos Lácteos de Asturias (IPLA) del CSIC, y socio fundacional de la Asociación Española para el Avance de la Ciencia (AEAC).

Emilio Muñoz es investigador ad honorem en el Departamento de Ciencia, Tecnología y Sociedad del IFS-CSIC. Es socio promotor de la Asociación Española para el Avance de la Ciencia (AEAC) y miembro de su Consejo Consultivo.

Referencias

[1] Manuel Medina, José Sanmartín (eds.) Ciencia, Tecnología y Sociedad: Estudios interdisciplinares en la universidad, en la educación, y en la gestión pública. Barcelona: Anthropos; Leioa (Vizcaya): Universidad del País Vasco. 1990

[2] Jesús Rey Rocha, Emilio Muñoz Ruiz. Democracia y ciencia: Instituciones en búsqueda de una identidad (socio-política) revisitada. Metapolis, 1(2), 2021 (en prensa). https://metapolis.net/es/

[3] Irene Lozano. Y la desinformación asaltó la democracia. El País, 8 enero 2021. https://elpais.com/opinion/2021-01-07/y-la-desinformacion-asalto-la-democracia.html

[4] Michel de Montaigne. Los ensayos (según la edición de 1595 de Marie de Gournay). Libro I. Capítulo XVI: Un rasgo de ciertos embajadores. Barcelona: Acantilado. 2007

[5] Byung-Chul Han. La desaparición de los rituales. Una topología del presente. Barcelona: Herder Editorial. 2019.

[6] Warren Cornwall. ‘It’s like politicizing toilet paper.’ A member of Biden’s COVID-19 panel surveys the task ahead. Science, 13 Nov. 2020. https://www.sciencemag.org/news/2020/11/it-s-politicizing-toilet-paper-member-biden-s-covid-19-panel-surveys-task-ahead?

[7] Editorial. The EU must learn from the narrative that drove Brexit. Nature, 16 Dic. 2020. https://www.nature.com/articles/d41586-020-03540-6

[8] Justin Rosenstein. Las redes sociales, amenaza para la democracia. El País, 27 Oct. 2020. https://elpais.com/opinion/2020-10-26/una-amenaza-para-la-democracia.html

[9] José Antonio Marina. La inteligencia fracasada. Teoría y práctica de la estupidez. Barcelona: Anagrama. 2005

[10] Justin Rosenstein. Op. Cit.

[11] Laura G. Merino. Philip Ball: “No se trata de lo que la ciencia podría llegar a hacer, sino del contexto en que se desarrolla”. Telos, 18 Dic. 2020. https://telos.fundaciontelefonica.com/philip-ball-no-se-trata-de-lo-que-la-ciencia-podria-llegar-a-hacer-sino-del-contexto-en-que-se-desarrolla/

[12] Jesús Rey Rocha, Emilio Muñoz Ruiz. La resiliencia, una esperanza de futuro. The Conversation, 10 Enero 2021. https://theconversation.com/la-resiliencia-una-esperanza-de-futuro-152866

[13] Daniel Salgado. Manuel Rivas, escritor: “La autonomía gallega está llena de okupas, gente que entró en una casa que desprecia”. elDiario.es, 21 Nov. 2020. https://www.eldiario.es/galicia-cultura/manuel-rivas-escritor-autonomia-gallega-llena-okupas-gente-entro-casa-desprecia_1_6446048.html

[14] Yuval Noah Harari. 21 lecciones para el siglo XXI. Barcelona: Penguin Random House. 2018 (pág. 399).

[15] Irene Lozano. Son molinos, no gigantes. Cómo la desinformación y las redes sociales amenazan a nuestra democracia. Barcelona: Ediciones Península. 2020 (págs.77-90).

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