COVID-19 y la inteligencia colectiva: una evocación desde la ciencia

La ciencia puede contribuir a orientar a la ciudadanía frente a los problemas políticos. Un público que no comprende qué es la ciencia y cómo funciona no puede formarse opiniones relevantes sobre las políticas públicas. La democracia y la acción ciudadana basada en el conocimiento pueden constituirse en una suerte de ‘inteligencia colectiva’.

Esta reflexión sobre la participación ciudadana adquiere particular relevancia en estos momentos, cuando por un lado está próxima la aprobación de una ley sobre eutanasia y por otro, estamos inmersos en problemas que requieren ciencia e inteligencia colectiva en dosis intensivas como el cambio climático y la pandemia de COVID-19.


COVID-19 y la inteligencia colectiva: una evocación desde la ciencia

Por Jesús Rey y Emilio Muñoz

Se dan momentos en los sistemas democráticos en los que el alejamiento de la realidad, la mirada desenfocada o/y la pasividad de los gobernantes llegan a afectar el funcionamiento de las instituciones así como la cotidianidad y el bienestar de la población. En estas circunstancias, la movilización ciudadana adquiere una particular relevancia.

(In)acción-reacción. Participación y acción ciudadana

En los sistemas democráticos, la ciudadanía está llamada periódicamente a expresar su opinión y voluntad, ya sea a través de elecciones o de referéndums u otro tipo de consultas legalmente establecidas. Pero siendo la de las urnas la principal vía de participación ciudadana que establecen y permiten los sistemas democráticos, no es la única. En los períodos entre elecciones la ciudadanía puede recurrir, y de hecho así lo hace, a otros modos de expresar sus opiniones, reivindicaciones o protestas.

Hablamos en estos casos de participación ciudadana. En democracia, la ciudadanía tiene derecho a expresarse a través de estas vías. Y es lícito pronunciarse y esperar que terceros (gobiernos, instituciones, organizaciones no gubernamentales, asociaciones, empresas, etc.) ejecuten las acciones conducentes a llevar a la práctica nuestros deseos y reivindicaciones. Pero cabe otra opción: la acción, la movilización.

La movilización ciudadana no es algo reciente. Cada año, el 1º de mayo, multitud de personas se concentran de una forma coordinada en las calles de distintas ciudades del mundo para reivindicar diferentes causas relacionadas con el trabajo. Los orígenes de esta movilización ciudadana periódica se remontan a mayo de 1886, en Chicago. De los diversos modos de reivindicación y acción ciudadana, quizás la más significativa es la congregación en las calles que conocemos como manifestación. Las más de las veces, las manifestaciones constituyen un modo de movilización en el que la ciudadanía apoya una petición de acción (o inacción) a la clase política, a través de una serie de eslóganes, con un conocimiento no siempre detallado de los fundamentos e implicaciones de la susodicha reivindicación. Se trata de un modo de acción ciudadana en la que la ciudadanía ‘participa’, es decir, se interesa activamente y toma parte. Pero no necesariamente lleva la iniciativa. De hecho, en muchos casos no lo hace.

Pero en la actualidad, junto con movimientos ciudadanos como éste, de amplia tradición, estamos asistiendo a ejemplos de movilización en torno a nuevos temas de interés sin duda de extraordinaria relevancia, actualidad y preocupación para amplísimos sectores de la ciudadanía. Veamos un par de ejemplos.

Medio ambiente. En 2015, el abogado y ambientalista indio Afroz Shah se propone la titánica tarea de limpiar la playa india de Versova, en Mumbai, convertida en un auténtico vertedero de basura. Acción que es seguida por cientos de personas, que consiguen devolver la playa a su estado natural, limpio, descontaminado, hasta el punto de que las tortugas de mar volvieron para desovar allí. Del mismo modo, ciudadanos españoles se han coordinado más recientemente para limpiar las playas tras los destructivos efectos de la borrasca Gloria en enero de 2020.

Derecho a un final digno y sin sufrimiento. En enero de 1998, Ramón Sampedro, primer ciudadano en pedir en España el suicidio asistido, con la ayuda de una amiga pone fin a su vida y a años de sufrimiento postrado en una cama. Han pasado más de 20 años desde entonces y algo, aunque no mucho, hemos avanzado. Ha cambiado el modo en que asistimos a la cruda realidad, porque de conocer los detalles a través de una película (Mar Adentro, estrenada en 2004) hemos pasado a conocerlos en riguroso y desgarrador directo. En abril de 2019, Ángel Hernández graba un vídeo en el que acerca un vaso con una pajita a su mujer, María José Carrasco, para acabar con su vida, tal y como ella había pedido tantas veces. La eutanasia está regulada en varios países del mundo. En España, este estremecedor acontecimiento generó una muy significativa reacción social. A través de la plataforma change.org se produjo una multitudinaria recogida de firmas apoyando la acción de Ángel Hernández y solicitando una ley que despenalice, legalice y regule la eutanasia. Una iniciativa que sacudió a las ensimismadas élites políticas. Tres meses después, en julio de 2019, se publicó en el Boletín Oficial de las Cortes Generales (Congreso de los Diputados) la Proposición de Ley Orgánica de regulación de la eutanasia, presentada por el Grupo Parlamentario Socialista y posteriormente admitida a trámite por el Congreso de los Diputados (no por unanimidad) en febrero de 2020.

¿Qué tienen en común estas historias? Se trata de casos de acción ciudadana. En la intimidad de un domicilio y por mutuo acuerdo de dos ciudadanos, una de ellas. Individual y posteriormente colectiva, a cielo abierto, la otra. En ambos casos, ciudadanas y ciudadanos deciden tomar una acción voluntaria, ante la inacción legislativa y ejecutiva de los poderes correspondientes. Nos encontramos en situaciones en las que personas o grupos de personas, con el fin de obtener un resultado concreto, ejercen la posibilidad de hacer, de ejecutar, de producir algo; de dar el primer paso, de poner por obra una acción o trabajo; de obrar, actuar, proceder. El aspecto diferencial aquí es el de dar el primer ser, de tomar la iniciativa de una acción, con un objetivo concreto.

Ejemplos como los que traemos aquí, de personas que colaboran a facilitar una muerte digna a un prójimo; o que se organizan para evitar los efectos de la contaminación, por ejemplo limpiando mares y playas. Entre otros. Una característica de estas acciones ciudadanas es que suelen ser derivadas de y soportadas por un una reflexión crítica que evoluciona hacia un conocimiento profundo, muchas veces científico. En el caso de la eutanasia, de las posibilidades terapéuticas (y sus consecuencias) de mantenimiento de la vida en personas con enfermedades irreversibles o terminales, que causan sufrimiento al paciente; y a la inversa, de las posibilidades que la medicina ofrece para proporcionar a esas personas una muerte digna y libre de sufrimiento. En el caso de la contaminación, de las causas de esta, de sus consecuencias, o de aspectos concretos como los períodos de degradación de los plásticos y de los efectos de los microplásticos sobre la fauna y finalmente sobre el ser humano. Digamos que son acciones ciudadanas informadas, basadas en conocimiento científico. Un conocimiento científico que ante la inacción de la clase política (por desinterés o por supeditar la iniciativa a otros intereses) promueve la acción ciudadana.

Pensamiento crítico y su hibridación con el conocimiento científico

La ciencia contemporánea se analiza frecuentemente como una institución social. Lejos están ya los tiempos en que era una actividad individual, propia de nobles bien acomodados. En la actualidad tiene más de actividad cooperativa, caracterizada por la colaboración entre científicos y el intercambio del conocimiento científico. Pero se ha hecho también una actividad más cercana a la ciudadanía, principalmente en las sociedades democráticas más desarrolladas.

Como la democracia, la ciencia contemporánea es también participación ciudadana. Recientemente lo está siendo a través de la creciente presencia de iniciativas de fomento de la relación bidireccional ciencia-sociedad que promueven el acercamiento de la ciencia a la sociedad, pero también el acercamiento de la ciudadanía a la ciencia, al conocimiento científico, a las instituciones científicas y al pensamiento científico. Algunas de ellas ya bien implantadas, como la ciencia ciudadana.

Por otra parte, cada vez más se anima a la ciudadanía a preguntarse cómo se financia, organiza, produce y distribuye el conocimiento, y a tomar parte activa. Incluso son muchas las voces que claman por una actitud crítica y científica por parte de la población a la hora de aproximarse y abordar los temas que les ocupan y preocupan. Max Perutz, premio Nobel de Química en 1962, en su obra ‘¿Es necesaria la ciencia?’ manifestaba que “la ciencia es sólo conocimiento y no tiene contenido político”, si bien recordaba que “la ciencia puede hacer al menos una modesta contribución orientando a la gente hacia una aptitud científica en los problemas políticos”, como defendía Karl Popper, filósofo que ha prestado mucha atención a los métodos de la ciencia y su aplicación en la sociedad.

Más recientemente, en un artículo publicado en la revista Scientific American, su autor Robert W. Adler afirma que un público que no comprende qué es la ciencia y cómo funciona no puede formarse opiniones relevantes sobre las políticas públicas. Y plantea la necesidad de enseñar o educar a la gente para ser “science citizens” capaces de aplicar el razonamiento científico y el pensamiento crítico para informar sus decisiones personales. Paradójicamente, en una época en la que somos presa del individualismo, la democracia y la acción ciudadana basada en el conocimiento, este tipo de ‘science citizenship’ o ‘ciudadanía científica’, puede constituirse en una suerte de ‘inteligencia colectiva’, de ’sistema inteligente’ fuente de soluciones. Un buen antídoto frente al interés de determinados poderes o personas por mantener una ciudadanía políticamente estúpida y para contrarrestar la inacción, por incapacidad o por desinterés (o en el peor de los casos, por interés) de los líderes sociales (políticos, económicos, etc.).

Epílogo

Esta reflexión que nos acompaña desde hace tiempo adquiere particular relevancia  en estos momentos, cuando por un lado está próxima la aprobación de una ley sobre la eutanasia y por otro, estamos inmersos en dos grandes problemas que requieren ciencia en dosis intensivas como el cambio climático y  la pandemia de COVID-19. Este último caso, el de la pandemia de COVID-19, nos está  colocando en una situación excepcional por su velocidad de propagación, por su potencial extensión y sobre todo por su novedad y el lugar tan especial donde se ha originado en un mundo que se ha articulado sobre la globalización, un concepto abrazado con ceguera de optimismo económico y ahora en discusión.

Precisamente las dimensiones de estos desafíos están contribuyendo a poner ante nosotros, primero espectadores aturdidos y luego teniendo que ser agentes cooperadores, un claro ejemplo de inteligencia colectiva actuando frente a una amenaza común. La ciudadanía haciendo frente a la pandemia, coordinada en última instancia por los poderes públicos, todos respaldados por el conocimiento científico y por un buen número de héroes en primera línea de esta lucha colectiva, representados principalmente por los profesionales que trabajan en los centros sanitarios. A pesar de algunos villanos que, por ignorancia, irresponsabilidad y/o desprecio, rehúsan sumarse a la colectividad o aprovechan para obtener beneficio ilícito.


Jesús Rey es socio fundacional de la Asociación Española para el Avance de la Ciencia (AEAC) y miembro de su Junta Directiva.

Emilio Muñoz es socio promotor de la Asociación Española para el Avance de la Ciencia (AEAC) y miembro de su Consejo Consultivo.

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